Aysanabee: “Si no te puedes comunicar, la música es un gran puente para lograrlo” [ENTREVISTA]

En un momento clave —con 2 nuevas nominaciones a los Juno Awards 2026, y antes de su primera visita a México— el artista de Oji-Cree nos abre la puerta a su universo más personal.

Hay algo muy honesto en la forma en que Aysanabee hace música. No solo por la manera en que mezcla el alternativo, el indie-folk y ciertos sonidos más rockeros, sino por el lugar desde donde escribe: la memoria, la herencia y las preguntas que vienen con ambas. Perteneciente a Oji-Cree, pueblo indígena de Primeras Naciones de Canadá, su proyecto comenzó mirando hacia la historia de su abuelo, Watin Aysanabee, y hoy se expande hacia paisajes sonoros más amplios y cinematográficos.

El 20 de marzo lanzará “Timelines”, un EP que revisita y reimagina canciones muy queridas por su audiencia, del que ya conocemos “Nomads” y “Dream Catcher”. El estreno llega en medio de un momento particularmente significativo en su carrera: su segundo álbum, “Edge of the Earth”, no solo marcó una nueva etapa creativa, sino que acaba de darle dos nominaciones a los Juno Awards 2026: Álbum Alternativo del Año (Contemporary) y Artista Indígena del Año, consolidándolo como una de las voces más relevantes de la escena alternativa canadiense.

Más allá de los hitos y reconocimientos, lo que sostiene su proyecto es la conexión que mantiene con el público: shows marcados por una honestidad cruda, una presencia magnética y una capacidad poco común de generar un vínculo emocional real con sus oyentes. En un momento en que las voces indígenas reclaman espacio y conversación, su música no solo representa a generaciones en Canadá, sino que dialoga con comunidades y corazones en cualquier lugar. Desde ese cruce entre pasado, presente y reinvención, Aysanabee conversa con Worked Music.

Antes que nada, quiero felicitarte por tus dos nominaciones a los Premios Juno de este año. ¿Cómo te sientes al respecto?

Fue una sorpresa muy muy feliz. Lanzamos el disco en junio y, desde entonces, estuvimos de gira tocándolo. Sinceramente, no me lo esperaba. Estaban pasando tantas cosas en el mundo que me fue muy difícil comercializar el disco, si me explico. Me fue complicado hacerle un lugar al álbum cuando están sucediendo tantas cosas importantes en el mundo y la gente está luchando en las calles. Así que, cuando me nominaron, me sorprendió mucho, pero lo agradezco mucho. No sé quiénes integran el jurado, pero consideraron que lo que hago es digno de pertenecer a los premios; además de todo eso, estoy encerrado en casa desde hace al menos dos semanas y media, algo bastante inusual para mí. Me dejé libre de fechas todo el mes para trabajar en mi música, y ha sido una experiencia interesante. Creo que los primeros tres días lo único que hacía era dormir y mirar por la ventana, como un gato. Luego de la primera semana fue cuando empecé a sentir que el encierro me estaba volviendo un poco loco. Hay algo muy interesante de pasarte de show en show, tocando y haciendo giras. Entras en un ritmo en el que siempre hay algo que hacer: tomar un vuelo, hacer una prueba de sonido, llegar a un lugar… Estas últimas dos semanas y media todo eso desapareció, entonces me agarró un poco la locura. No me puse un objetivo más que tomarme un tiempo para cuidarme y reflexionar sobre qué es lo próximo que quiero hacer. Fue una gran experiencia de aprendizaje para recordar cómo hacer para recuperar la quietud.

El estar en el aquí y el ahora, ¿no? Como el nombre de tu segundo disco. Hablando de tu discografía, ya has publicado tres álbumes y pronto se viene un EP. Quería comenzar charlando sobre “Watin”, que surgió de las charlas que tenías con tu abuelo durante la pandemia. ¿En qué momento sentiste que esos intercambios no eran solamente entre ustedes dos, sino algo que se podía convertir en arte y abrir diálogos entre otras personas? 

No me di cuenta de que podía ampliar conversaciones —más allá— hasta pasado cierto tiempo. Para dar contexto, mi abuelo estaba recibiendo atención médica a largo plazo, entonces comencé a hablar con él todos los días por teléfono. Ahí me di cuenta de que sus recuerdos estaban comenzando a borrarse. Básicamente, por esa razón empecé a entrevistarlo, en un intento de salvar la historia de la familia. Porque para las comunidades europeas la identidad no es algo por lo que preocuparse. En cambio, las comunidades indígenas no tenemos grandes museos ni largos libros que contengan toda nuestra historia, entonces, cuando fallece una persona, es como si de repente todos esos capítulos del libro se desvanecieran. Y creo que fue al año, en Navidad, cuando todavía estaba encerrado por la pandemia, que volví a escuchar todas esas entrevistas que le había hecho durante todo un año. Muchas cosas conmovieron, impactaron o, incluso, me hicieron darme cuenta de que, a pesar de que creamos lo contrario, no conocemos tan bien a las personas que nos rodean, aunque nos esforcemos en hacerlo. Hubo momentos en los que mi abuelo hablaba de despertar a todos los niños en estos internados —el gobierno canadiense separaba a los niños de sus familias y los enviaba a estos lugares—, que a menudo estaban gestionados por la Iglesia. El objetivo era matar la identidad nativa arrebatando la cultura y el lenguaje. Cuando los curas y las monjas se iban a dormir, mi abuelo despertaba y reunía a los niños y los hacía hablar su idioma para que no lo perdieran. Y, a pesar de compartir toda una vida con mi abuelo, yo no estaba enterado de eso. No sabía que ese hombre tan callado, estoico, que tanto trabajaba para sostener a la familia, había hecho una cosa tan profunda con solo ocho años, lejos de su casa y en un lugar tan extraño como ese. Entonces comencé a escribir una canción como una forma de aportar mi granito de arena en preservar la historia de mi abuelo, y [a] una pequeña parte de toda la historia que tenemos. Pensé que concretar un proyecto así me iba a llevar como unos cinco años, porque en aquel momento trabajaba en CTV, una agencia de noticias de Canadá; me la pasaba trabajando todo el día en las noticias, y me drenaba la energía. Al momento de ponerme a trabajar en el álbum, estaba quemado por haber estado en contacto con todas las cosas horribles que pasan en el planeta. Supuse que me llevaría todo ese tiempo, pero luego di con Ishkōdé Records, un sello de Canadá dirigido por mujeres indígenas. Les envié un video tocando para formar parte de un evento. Las mujeres que lo organizaron me escucharon cantar y me dijeron: “¿Quién eres? ¿Cómo puede ser que nunca oímos hablar de ti? ¿En qué proyecto estás trabajando?”. Les conté sobre el concepto del proyecto en el que estaba trabajando con las entrevistas para hacer un álbum que gire en torno a la historia de mi abuelo. Les dije que ya había grabado una maqueta y tenía todas esas horas de conversaciones con él, pero que no tenía idea de cuánto tiempo me iba a llevar. Un par de semanas después me volvieron a llamar para contarme que se les había ocurrido la loca idea de crear un sello discográfico: “Sería el primer sello de Canadá dirigido por mujeres indígenas, y queremos que seas el primero en firmar con nosotras”. Y lo hice. Fue una experiencia singular, no como firmar contrato con cualquier sello. Yo pensaba que la oportunidad de firmar con un sello aparecía si tienes un millón de seguidores en TikTok o una canción que se volvió viral. Básicamente, pensaba que, cuando tú ya habías hecho todo el trabajo, ahí aparecía el sello y te decía: “Ey, trabajemos juntos, pero yo me llevo la mitad”, pero ellas vieron una beta en lo que yo estaba haciendo y quisieron ayudar a expandir la voz de esta historia. El contrato con ellas me dio mucha motivación para no esperar esos cinco años para poder concretarlo. Después de trabajar todo el día en CTV, cenaba y me ponía a trabajar en el disco. Cuando volví a escuchar las grabaciones, algo me movilizó y me llevó a escribir la primera canción, y luego eso se convirtió en un álbum. No fue hasta que todo avanzó (conocí a más personas de la industria y toqué en lugares más grandes) que me di cuenta de que el álbum iba a llegar a muchas más personas que solo mi pequeño grupo de amigos que me vinieron a ver siempre. ¡Fue una locura! Mi mayor miedo con respecto al álbum era, sobre todo, el contexto; me puse a pensar en que el álbum iba a llegar a más personas y en qué efecto podría tener en los sobrevivientes de esas escuelas residenciales si lo escuchaban, si iba a remover su trauma; sin embargo, tuvo el efecto contrario. Una sobreviviente me contactó por Facebook, un par de semanas después del lanzamiento del álbum abrí mi perfil y tenía el mensaje de una abuela, me contó que su nieta la había ayudado a contactarse, y me contó muchas cosas, pero el punto se puede resumir en una sola línea de lo que me dijo: “Es hora de que nuestras historias finalmente sean contadas, por nuestra gente y con nuestras propias palabras”; ese fue un momento clave para mí. De repente, todos esos miedos que me agobiaban de lanzar el álbum desaparecieron. A partir del lanzamiento empezaron a suceder todo este tipo de cosas. Fue una seguidilla de eventos muy rara, porque también empezaron a aparecer noticias sobre el tema, noticias muy fuertes. Todavía corrían los tiempos de la pandemia y en Canadá habían descubierto fosas comunes con estudiantes que no habían vuelto a sus hogares. El disco había salido dos meses antes y, entonces, muchos periodistas querían hablar conmigo porque el disco abordaba ese mismo tema. Desde ahí, todo sucedió vertiginosamente. Fue un año bastante frenético, lleno de conversaciones difíciles, pero también de momentos preciosos. Creo que ese mensaje de Facebook lo resume muy bien. Tuvimos la oportunidad de recorrer muchos lugares dentro y fuera del país compartiendo estas historias y canciones del álbum. Pero, para resumir, lo más impactante fue que esa abuela me haya dicho, en otras palabras, que estaba en el camino correcto.

También hay una conexión entre tu abuelo, que de niño intentaba preservar el legado y la cultura, y tú, que años más tarde estás haciendo lo mismo con tu proyecto artístico, incluso con las palabras de él mismo. En cuanto a “Watin”, que era el nombre de tu abuelo, es un disco acústico y minimalista. Luego, “Here and Now” y “Edge of the Earth” son más expansivos, la música tiene una energía más ligada al rock. ¿Qué te llevó a dar ese giro a nivel sonoro?

Muchas de las cosas de ese primer álbum fueron muy intencionales. Tiene muchos elementos del góspel, que elegí particularmente por el vínculo que la iglesia mantenía con esas escuelas. Muchas de esas decisiones sucedieron en un monólogo en mi cabeza mientras pensaba en toda esta historia tan fuerte que contaba mi abuelo. Si hubiera puesto, por ejemplo, unos sintetizadores arriba de eso, simplemente hubiesen quedado muy fuera de lugar. Y creo que en mi último álbum me divertí mucho naufragando [en] muchas aguas, y experimentando con sonidos muy diferentes. Me gusta seguir creciendo y aprendiendo. Si siempre hago lo mismo, sé que en algún momento llega el aburrimiento. Y si me aburro yo, la audiencia lo hará también. Me divertí mucho explorando sonidos y texturas muy diferentes, y probando algunas técnicas. Me encanta. Recuerdo estar en el estudio trabajando con Marc Koecher, que es muy amigo mío; él tiene un estudio precioso en la zona oeste de Toronto. Está en un terreno que compraron donde, por bajo tierra, como a cinco metros bajo, vas al estudio. Es como una cueva, donde es muy fácil perderte, porque no hay ventanas. No puedes adivinar ni qué hora es, entonces te pierdes en el proceso de la creación. Él todavía guarda videos de nosotros tocando instrumentos al azar para hacer arreglos de percusión y probando diferentes cosas. Llegamos al punto de que una vez yo estaba comiendo unas papitas y le dije: “Me gusta el sonido de esa bolsa. ¿Qué tal si la grabamos y después le ponemos un efecto?”. Después nos calmamos un poco, nos estábamos yendo demasiado por las nubes. Yo me crié al norte de Ontario. Solamente tocaba la guitarra, porque la casa donde crecí no tenía electricidad ni agua corriente. Por eso para mí es muy interesante ver cuán lejos puedo llegar y cuánto puedo empujar los límites. Me encanta dispersarme entre sonidos y texturas electrónicos. De hecho, ahora estaba por ensayar, acá tengo todos los pedales. Me inspiran todos los tipos de música que se fusionan en mi propia música, y creo que eso se nota en algunas canciones. Cuando trabajas con diferentes productores, tal vez supones que tienes que tener una formación de base o conocerte todos los plugins, pero muchos artistas usan links de referencia. Y sé que algunos usan referencias explícitas del tipo «yo quiero una canción así». En mi caso, me gustan las referencias para aplicar sonidos específicos que me gustan de una canción. Incluso en “Without You” hay un matiz del estilo de Labrinth, que usa ese sonido de órgano tan lindo. Creo que es el órgano “farsi”, o algo por el estilo. Pero creo que no usamos ese, utilizamos un tono y textura similares. Simplemente, me gusta juntar opuestos, hacer una canción lenta que suene grandilocuente o con la potencia de un himno y hacer una canción más acelerada, pero que parezca pequeña, aún con una gran carga de energía. 

Eso es evidente en el álbum. Sea “Here and Now” o “Edge of the Earth”, ambos suenan increíbles, y esa energía que describes se siente muy bien. También puedo ver esa transformación por incluir más sonidos. Cada álbum tiene su personalidad propia, y esa exploración que mencionas sí se puede percibir.

Qué bueno, porque en Canadá me han catalogado bajo la etiqueta “música alternativa”, que al principio no entendía bien. Ahora disfruto de estar ahí porque es un término paraguas, y si se te ocurre hacer algo un poco diferente, a la gente no le parece tan raro, sigues siendo “alternativo”.

Totalmente. Es muy buena, en realidad. En relación con Timelines Acoustic, estas dos versiones acústicas que publicaste hace poco, pareciera que expones una parte tuya más vulnerable. ¿Qué te llevó a habitar ese espacio más íntimo y versionar estas canciones que tus fans adoran con una forma acústica y minimalista?

Hicimos ese EP acústico que contiene dos canciones, una de cada disco, y que reducimos a lo elemental, pero a su vez reconstruimos un poco. Sentí que era momento de publicar algo en esa dirección, porque cuando comencé mi carrera tocaba mucho como solista. Muchos fans me venían a conocer a estos shows, y yo no tenía nada grabado que representase la esencia de esos shows para que puedan escuchar. Tal vez fue esa la forma en la que me escucharon por primera vez, y me pareció lindo hacer esa ofrenda, darles algo que pueda llevarlos de nuevo a ese lugar donde me conocieron; además, esa es la forma en la que en general nacen las canciones, somos la guitarra o el piano y yo, tocando sin un rumbo claro. Es la materia prima, digamos, y también lo que me da la oportunidad de hacer giras solo. [Risas].

Es cierto. Justo que mencionas las giras y la conexión con los fans, has tocado en Europa, Australia, y pronto vas a estar en México, a fines de febrero. ¿Qué es lo que más te sorprende de cómo las diferentes culturas conectan con tu música?

Es muy interesante, realmente. Es muy diferente dependiendo del lugar a donde voy. En el caso de “Here and Now”, que es como un disco posterior a una ruptura, a lo Taylor Swift, todos se pueden sentir identificados con las canciones, porque todos han experimentado el amor y la pérdida; además, son canciones pegadizas. Con mi primer álbum [Watin], al ser tan personal por tratarse de la historia de mi familia, tenía curiosidad por cómo iba a conectar la gente con esas canciones. Recuerdo que toqué en un evento en el Reino Unido y había una agente con la que estábamos conversando. Al final no trabajamos con ella, pero escuchó el show y me preguntó: “¿Cómo crees que conectarán esas canciones con nuestra gente? Ya que no hablan precisamente de nuestra historia”, y yo pensé: “Em, de alguna forma, sí. O sea, ¿imperialismo?”. Pero lo pasé por alto. Ha sido una locura ir a todos esos lugares. En Australia, por ejemplo, están muy actualizados con respecto a la relación del país con los pueblos indígenas, han avanzado mucho, y puedes ver muchos artistas indígenas en la escena musical que están alzando la voz con su verdad y han tenido una recepción muy hermosa. Obviamente, queda mucho trabajo por hacer, pero lo que ya se ha hecho es increíble. Por eso creo que las canciones conectaron mucho allá. El caso de Alemania es interesante porque tienen una cultura melómana muy fuerte. Es muy habitual que la gente salga a comer y luego vaya a ver qué artista toca ese día en la ciudad. Tienen una cultura musical que los predispone a ir a escuchar a alguien del que tal vez nunca han escuchado. Es muy interesante; sin embargo, también todavía hay un trauma que sigue vivo en la relación de Alemania con el Holocausto. La comunidad les ha hecho frente a esos hechos para asegurarse de que nunca vuelva a ocurrir. Se miran constantemente en ese espejo, entonces tienen una perspectiva especial para interpretar canciones que hablan sobre temáticas tan fuertes. Una de las giras que más me sorprendieron fue una que hicimos en Taiwán (en mayo del año pasado), estuve en un festival e hice cinco shows más en diferentes lugares del país; estuve allá durante unas dos semanas, pero la mitad de ese tiempo estuve con comunidades indígenas locales de la isla. Fue muy impactante. Por mi propia ignorancia, no sabía mucho de la historia de Taiwán antes de ir allá. Cuando llegué, me descargué unos podcasts y caminé por el lugar escuchando su historia, también pasé tiempo con diferentes tribus de allá aprendiendo sobre lo que tenemos en común, más allá de la música y el baile. Una persona mayor me enseñó una canción tradicional tocada con un tambor de mano frente a lo que parecía algo muy similar a una casa comunal. La forma de tocar el tambor con las manos, las melodías… La canción sonaba muy similar a las canciones tradicionales que tenemos acá en América del Norte. Fue muy loco. También en Taiwán fuimos a una escuela preuniversitaria para personas indígenas que tenía un pequeño museo. Nos llevaron a recorrer, y yo toqué unas canciones, luego ellos nos mostraron una danza tradicional que era en ronda. Nosotros en Canadá también hacemos ese tipo de danzas en ronda. Fue muy sorpresivo. La canción, el baile… Eran muy similares. Yo pensaba: “¿Están seguros de que esto lo inventaron ustedes?” [Risas]. Es increíble que en dos lugares del planeta tan distantes tengan música y danzas así de similares. Y, más allá de eso, nuestros pueblos también tienen experiencias parecidas, porque Taiwán fue fuertemente colonizado por Japón y China, y todavía al día de hoy persiste todo el tema de la geopolítica. Sé que Japón fue muy duro con los pueblos indígenas de esos territorios, al igual que China, entonces han tenido su largo trayecto de reclamos hacia ellos. Uno de los últimos shows que hice fue en un museo de prehistoria que está al sur y tenía muchos elementos e historia de las comunidades indígenas de Taiwán. Cuando fui, vinieron como cinco comunidades a presentarse y compartir cosas de su cultura. Cuando compartí algunas canciones, todas de “Watin”, les conté la historia que te conté recién sobre mi abuelo cuando tenía ocho años e intentaba preservar su idioma con todos los niños cuando los adultos no estaban. Al final, hubo un espacio para preguntas, y en un momento le dieron lugar a una señora. Necesitaba alguien que traduzca, porque pertenecía a una de estas comunidades. Rápidamente me di cuenta de que estaba muy conmovida. Me dijo que cuando les conté la historia de mi abuelo y su lucha por preservar su cultura, le recordó experiencias suyas muy similares, y que recién ahora ella puede hablar su idioma, pero en el pasado ha tenido que esconderlo porque si no era perseguida. Haber tenido ese vínculo allá, en la otra punta del mundo, fue muy fuerte. Incluso, más allá del contexto, si no te puedes comunicar, la música es un gran puente para lograrlo. Recuerdo que fui a un festival en España y la barrera del idioma fue un gran obstáculo. Usé Google Translate incluso para hablar con el personal del festival. Me quedé por tres días, pero yo tocaba recién el tercero, y el segundo día salí a un patio afuera para sentarme y almorzar. Sabía que el tema del idioma iba a ser un problema. Solamente sabía cómo decir “agua”. Vi a alguien cerca que estaba tomando una cerveza Guinness, entonces pedí “agua y Guinness”. Ni bien dije eso, la persona que estaba tomando la Guinness se paró, se sentó al lado mío y me dijo: “¿Do you speak English?”. Y yo: “¡Sí!”. Él respondió: “Estoy hace dos días acá sin poder hablar con nadie”. No sé cuánto tiempo se quedaba en el país, pero lo suficiente como para acercarse a un extraño y charlar un rato, y yo encantado. Creo que era de Australia y estaba por comenzar un viaje de seis meses. Recuerdo que había agarrado un mapa y, con los ojos cerrados, eligió con el dedo y tocó Cartagena, así que estaba ahí para comenzar el viaje. Me preguntó qué hacía ahí, y le conté que iba a tocar en un festival. Yo decía que era el fotógrafo del equipo, entonces podía venir conmigo a todos los escenarios. Cuando yo toqué, sacó el móvil y sacó un par de fotos. La barrera lingüística fue grande, pero aún pude transmitir mis historias. No sé si pudieron interpretar las historias, pero sí lo que transmite la música, porque cuando terminé el show había mucha gente esperando para saludar. No pudimos hablar con todos, pero se acercaron y nos decían “congratulations”, la única palabra que sabían, y yo les respondía con “muchas gracias”. Ahí, también en España, también había una abuela muy conmocionada. No sé si entendía lo que estaba cantando o, incluso, si conocía las canciones, pero creo que mi forma de cantar y de dejar una parte de mí en las canciones hacen que el mensaje se traduzca de alguna forma, en especial en una presentación en vivo.

Qué hermoso cómo la música nos puede conectar con personas de diferentes partes del mundo que hablan distintos idiomas. Al final, la música puede traducirlo todo. Es hermoso que las melodías y las emociones de tus discos puedan transmitir todo eso y que hayas vivido esas experiencias con cada público con el que compartiste tiempo o incluso una conversación. Por su parte, “Watin” es muy conmovedor, y creo que incluso puede tocar una fibra en las comunidades de Latinoamérica.

Muchísimas gracias. Espero que después de tocar en Guadalajara podamos comenzar a ir más seguido por allá. Es curioso, porque voy a pasar unos días en Ciudad de México y hay una banda de allá, BuenRostro, con la que hemos tocado bastante en Canadá. Compartimos un festival en el pasado. Ellos están en la capital, así que vamos a vernos. Es curioso, porque la escena musical indígena en Canadá es muy vasta, hay artistas geniales en todos lados que tarde o temprano se terminan conociendo. Pero ninguno ha visitado México o Sudamérica, entonces es como un territorio sin explorar para todos nosotros. Estoy muy ansioso por ir allá, compartir música, lugares y estar en comunidad.

Escucha “Dream Catcher” en versión acústica:

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