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Conan Gray
Álbum: “Wishbone Deluxe” de Conan Gray [RESEÑA]Por: María Paz Valencia
Publicado el: 24/04/2026
En un momento donde la exposición suele venir acompañada de cálculo, Wishbone, el cuarto álbum de estudio de Conan Gray, se construye desde otro lugar. No nace como un proyecto pensado para ser publicado, sino como una necesidad que se fue acumulando en silencio: canciones escritas en camerinos, habitaciones de hotel y en los márgenes de su propia gira, cuando todavía no había una intención clara de convertir todo eso en un disco.
Más que una obra planificada, Wishbone aparece como algo que insiste en existir. Un registro de lo que todavía no termina de acomodarse, de lo que se escribe antes de saber cómo decirlo en voz alta, cuando todavía duele lo suficiente como para no poder ordenarlo del todo.
Incluso el título sintetiza esa lógica. El wishbone, la clavícula de la suerte que dos personas rompen para pedir un deseo, plantea desde el inicio un vínculo desigual: ambos participan del mismo ritual, pero el resultado nunca es equitativo. Esa imagen atraviesa todo el álbum, no como una metáfora decorativa, sino como estructura emocional. Wishbone no se centra en el amor como ideal, sino en lo que implica sostener un deseo que no necesariamente se cumple en las mismas condiciones para ambos.
A diferencia de trabajos anteriores, donde esas tensiones aparecían de forma más implícita, como en Superache o incluso en Found Heaven, acá el conflicto se expone sin rodeos. El vínculo es concreto y se despliega tanto en las canciones como en la narrativa visual: dos amigos que se enamoran, pero no logran sostener ese amor en lo público. La ruptura no aparece como un momento puntual, sino como una acumulación de gestos, silencios y decisiones.
Desde lo estructural, el álbum evita un recorrido lineal. Más que avanzar por etapas definidas, se mueve en espiral. La apertura con “Actor” introduce una tensión inicial, una ira contenida que todavía no encuentra dirección clara, mientras que “This Song” retrocede hacia el inicio del vínculo, mostrando un amor recíproco que, dentro del contexto del disco, funciona casi como una anomalía.
No es casual que sea la única instancia donde el vínculo aparece en equilibrio. Presentada inicialmente como adelanto, esa canción operó como una puerta de entrada a una idea de Wishbone que el propio álbum se encarga de desarmar. Más que establecer un tono, funciona como contraste: el punto desde el cual todo empieza a desarmarse.
Ese punto de equilibrio se rompe con rapidez. “Vodka Cranberry” marca el primer quiebre: la relación empieza a correrse, el interés del otro se vuelve incierto y aparece la necesidad de una confirmación que no llega. No para sostener el vínculo, sino para poder abandonarlo sin quedar atrapado en la duda.
A partir de ahí, el disco se vuelve más inestable. “Romeo” introduce la negociación, el intento de reescribir lo vivido, mientras que “My World” oscila entre una aceptación parcial y una resistencia constante. En la zona media, “Class Clown” y “Nauseous” profundizan en una depresión que no busca resolución, sino que se instala como estado. No hay catarsis clara, solo repetición, como si el disco volviera una y otra vez al mismo lugar sin poder salir del todo.
“Caramel” retoma el patrón con mayor conciencia: el reconocimiento de un vínculo dañino que, aun así, sigue ejerciendo atracción. “Connell” refuerza ese apego incluso en la distancia, mientras que “Sunset Tower” introduce una de las tensiones más claras del álbum: el intento de soltar desde el enojo. Hay rechazo, pero también una necesidad latente de seguir mirando.
“Eleven Eleven” desplaza esa tensión hacia la negación, en la forma de buscar señales donde ya no las hay, y “Care” funciona como uno de los puntos más explícitos del recorrido: decir que no importa mientras todo indica lo contrario. En lo sonoro, esa contradicción también se vuelve evidente: es una de las canciones más movidas del tramo final, casi insistente, como si esa negación necesitara sostenerse a fuerza de repetición. No hay resolución, pero sí una conciencia más clara del conflicto.
En ese recorrido, Wishbone no solo narra una ruptura, sino que expone un patrón. La dificultad de sostener el vínculo aparece ligada a una forma de amar atravesada por experiencias previas: la necesidad de validación, el miedo a no ser suficiente, la repetición de vínculos que refuerzan esa misma herida.
El lanzamiento de los adelantos ya anticipaba esa dinámica. “This Song” presentaba una relación recíproca y estable, mientras que “Vodka Cranberry” desarmaba esa ilusión sin transición. Ese contraste replicó la experiencia emocional que el disco propone: entrar desde la certeza y quedar atrapado en la incertidumbre.
En ese contexto, el tramo deluxe no funciona como un agregado aislado, sino como una relectura. Las nuevas canciones: “Do I Dare”, “House That Always Rains”, “Door”, “Moths” y “The Best”, surgen después, durante el Wishbone World Tour, y responden a otro momento emocional. No expanden la historia hacia adelante, la revisitan desde una nueva perspectiva.
“Do I Dare” abre ese desplazamiento desde un lugar más contenido. Después de la intensidad de “Care”, el ritmo baja y aparece algo más cercano a lo cinematográfico: una pausa, una distancia que no ordena lo que pasó, pero permite mirarlo desde otro lugar. La duda se instala de forma más clara: si vale la pena volver a un vínculo que ya terminó, incluso cuando el tiempo ya pasó, pero no necesariamente lo que se siente.
“House That Always Rains” introduce un cambio de enfoque. La relación deja de leerse únicamente desde la experiencia individual y se amplía hacia las historias previas de ambos. No hay culpables claros, sino dos personas atravesadas por contextos imperfectos que terminan chocando, incluso sin intención. Esa perspectiva marca una diferencia: el vínculo ya no se interpreta solo desde la herida propia, sino desde una comprensión más amplia de por qué las cosas resultaron así, incluso cuando nadie estaba intentando que salieran mal.
“Door” retoma el conflicto desde un lugar más directo. La necesidad de cerrar el vínculo aparece de forma explícita, pero convive con una resistencia constante. Incluso cuando se reconoce que la relación no existía como se imaginaba, el impulso de sostenerla persiste. Cerrar la puerta no es definitivo, es un gesto que se repite.
En “Moths”, esa lógica se vuelve más evidente: la puerta está cerrada, pero la ventana queda abierta. El límite existe, pero no es absoluto. Hay una intención de seguir adelante, pero también una disposición latente a que el otro vuelva, incluso en términos mínimos. Como en otros momentos del disco, la idea no termina de cerrarse por completo.
“The Best” condensa ese recorrido. Retoma imágenes y emociones presentes a lo largo del álbum, pero las reorganiza desde otro lugar. Donde antes predominaba el enojo, aparece la intención de soltar, aunque sin una resolución definitiva. La diferencia no está en dejar de extrañar, sino en cómo se interpreta ese recuerdo: ya no desde la culpa, sino desde una aceptación más amplia, incluso si eso no alcanza para dejar de extrañar. Incluso en su cierre, la frase queda inconclusa: “Finally wish you the…”, reforzando una idea que atraviesa toda la obra: no siempre es posible terminar de decir aquello que se siente.
En conjunto, las canciones del deluxe no corrigen el relato original, sino que lo tensionan desde una distancia distinta, más consciente pero todavía inestable. Funcionan como una segunda mirada sobre lo vivido, donde el paso del tiempo no elimina el conflicto, pero sí modifica la forma en la que se lo habita.
En lo sonoro, el álbum acompaña ese recorrido. Alterna entre momentos íntimos y otros más expansivos, construyendo una atmósfera que sugiere movimiento, casi de deriva, con una estética que remite a lo náutico no como concepto literal, sino como sensación de desplazamiento constante. Incluso el leve corrimiento en la producción hacia el final refuerza la idea de relectura más que de cierre.
Al final, el wishbone nunca se rompe de manera justa. Alguien siempre se queda con la parte más pequeña, con el deseo que no se cumple. Wishbone no intenta corregir esa desigualdad ni ofrecer una resolución clara.
Lo que propone es otra cosa: quedarse en ese lugar incómodo y observar qué queda cuando el vínculo ya no está. No tanto el otro, sino la forma en la que ese deseo persiste, incluso sin cumplirse.
El deluxe no cambia ese resultado, pero sí lo desplaza. No cierra la historia, la vuelve a mirar. Y en ese gesto, más consciente, pero todavía incompleto, aparece una posibilidad distinta: entender qué hacer con la parte que queda, incluso cuando nunca fue la que se quiso, pero sigue siendo la única que existe.
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