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  • Álbum: “private music” de Deftones [RESEÑA]

Muchas de las bandas de metal alternativo que surgieron en la década de los 90 no quisieron o supieron trascender el sonido que les brindó la fama y adaptarse, de esta manera, a las nuevas tendencias. Después de todo, el tiempo discurre inexorablemente y el nu metal dejó de hacer justicia al epíteto que definía su carácter novedoso. Pero no fue el caso de Deftones… pues nunca les gustaron las etiquetas.

Han pasado más de 30 años desde Adrenaline, su álbum debut, y la banda californiana sigue explorando las fronteras de su propuesta musical, que regresa con nuevos ropajes en private music, su último trabajo. El muro de sonido, tan característico del shoegaze, vuelve a constituirse como uno de los componentes principales del sonido deftoniano para dar lugar a un tejido envolvente de gran densidad, tan omnipresente que pasamos a formar parte del mismo, como si se tratase de una suerte de plasma estelar. Y es que, pese a que los riffs no destacan por su complejidad, el andamiaje de cada canción está sujeto a una intrincada malla de capas sonoras y semióticas.

Otro de los sellos identitarios del quinteto de Sacramento que persisten a lo largo de las décadas son las letras, crípticas pero sugerentes y llenas de sutilezas, con las que Chino Moreno, cantante de la banda, elabora una poesía refinada y trufada de referencias al terreno de lo espiritual. Jugaremos, por esta razón, a dilucidar el sentido de sus alegorías.

La aventura propuesta por private music parte con una canción que se constituye como paradigma del sonido del álbum. ‘my mind is a mountain’ irrumpe con gran contundencia y se erige sobre unos cimientos sonoros de enorme profundidad para esbozar un relato existencial que, sospecho, podría estimular la imaginación de más de un conspiranoico.

‘locked club’ toma el relevo y se presenta como un mensaje de alarma que asalta la escena desde los megáfonos de un presidio y parece ser un conjunto de referencias a las claustrofobias y exigencias de la fama. Seguidamente, surge un bajo abrasivo para dominar la base de ‘ecdysis’, una canción que recupera el espíritu pop que caracterizó el Diamond Eyes, su sexto disco de estudio, y esconde una sensación embriagadora y desconcertante que te sumerge en un océano de estímulos.

El viaje continúa con ‘infinite source’, un tema que rezuma amabilidad y cariño sobre una estructura melódica envolvente que sugiere un homenaje a la relación que la banda ha forjado con el público, además de imaginar un último baile sobre los escenarios.

‘souvenir’, por su parte, introduce nuevos grados de complejidad en el devenir del álbum a través de un relato extenso de aislamiento, depresión y búsqueda en compañía de un ser querido y protector. El muro de sonido alcanza su máxima expresión y pesa tanto como un yunque, lo que contribuye a generar la sensación de estar inmerso en un estado transitorio de reflexión expansiva. Asimismo, no se puede soslayar la hermosa despedida de esta canción con una liturgia futurista realizada sobre capas de sintetizadores.

Con la luz al final del largo túnel de Souvenir, aparece ‘cXz’ para estrellarse contra tus oídos como un torrente de agua y barro en el que resulta difícil distinguir colores y formas. De esta forma, la canción te arrastra como un río de distorsión desbocado que otorga un respiro en cada estribillo. Quizás así es como aborda, en conjunto con la letra, el caos de recuerdos y memorias alteradas o deterioradas por el tiempo.

La travesía alcanza su ecuador con ‘i think about you all the time’, un canto de cisne que mece los tímpanos. Es más, me apuesto el tímpano a que esta canción trata sobre algún familiar: su esposa, sus hijos… La distorsión, de hecho, aparece para reforzar la intensidad del amor y la dulzura que desprende esta canción y no como elemento de agresión. La calma, sin embargo, es efímera y el muro de sonido vuelve a ser opresivo con ‘milk of the madonna’. Basta decir que “bloody rain” son las palabras que desfloran esta propuesta con paisajes de experiencia trascendental.

El álbum llega al inicio de su ocaso con ‘cut hands’, una canción que parece abordar el impacto de las redes sociales sobre nuestras relaciones inter e intrapersonales, además de introducir unas gotitas de nostalgia con elementos que recuerdan el sonido noventero que vio nacer a los de Sacramento. ‘~metal dream’, en cambio, cabría describirla como una llanura de texturas que está, de manera imperceptible, llena de riscos diminutos y evoca los movimientos de yacer con alguien.

Las últimas luces de private music se extinguen en ‘departing the body’, un soplo de aire fresco cargado de redención donde la distorsión de las guitarras arremete envuelta en sintetizadores y todo parece desmaterializarse. Entre las brasas, quedan las huellas de un viaje repleto de descripciones minuciosas de lugares, personas y sensaciones, así como de abstracciones misteriosas y sugerentes. El sonido de Deftones muta porque está vivo, pero siempre resulta cautivador gracias a esa mixtura tan distintiva entre las dulces caricias de las melodías y una agresión temerosa y frágil. No es la energía, digamos, de Sepultura.

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