Obed Padilla: “Me niego a que me encasillen” [ENTREVISTA]

A ritmo de cumbia, rock y una honestidad brutal, Obed nos cuenta cómo transformó las rupturas amorosas y la vulnerabilidad en canciones que esconden historias profundas bajo melodías soleadas.

Hay artistas que construyen un personaje para subir al escenario, y hay otros que usan las canciones para derribar los muros que levantan en su vida cotidiana. Obed Padilla pertenece a los segundos. Con la honestidad de quien acepta ser al mismo tiempo “la estrella del espectáculo y el blanco de las bromas”, el músico chicano originario de Oceanside ha encontrado la fórmula exacta para traducir el caos emocional en calma sonora. Ya sea diseccionando la anatomía de un corazón roto o explorando el peso de sus propios errores, Padilla envuelve la vulnerabilidad en guitarras bañadas por el sol, demostrando que las verdades más pesadas entran mejor cuando suenan a una tarde de verano.

Obed Padilla ha encontrado su lugar en la música alternativa latina haciendo exactamente lo que durante años pareció un dilema: habitar en el medio. Nacido y criado en Oceanside, California, e hijo de padres inmigrantes de México y Costa Rica, el cantante, compositor, productor y multiinstrumentista construye canciones que se sienten como un refugio bañado por el sol de la costa oeste, donde la nostalgia y las vivencias cotidianas toman el volante.

Su educación musical no ocurrió en conservatorios, sino en una dualidad fascinante entre la fe y el ritmo. Creció tocando en las bancas de la iglesia donde su padre predicaba los domingos, para luego llegar a casa a escuchar los vinilos de Carlos Santana que su mismo papá ponía a girar. A esa base se le sumó el mosaico cultural de las calles de Oceanside y un abanico de influencias que va desde las armonías de The Beach Boys hasta la lírica de J. Cole y Kendrick Lamar. Aunque el mundo lo descubrió inicialmente a través de fenómenos virales en redes sociales como «Brown & Down Freestyle» y «Chicano Poetry» —que acumularon más de cinco millones de reproducciones y lo llevaron desde el podcast de GaryVee hasta el escenario de Austin City Limits—, Padilla dejó claro desde el primer día que su catálogo no cabía en una sola caja.

Tras un verano llevando su energía comunitaria a festivales tan contrastantes como el Oside Flavor en su ciudad natal y el prestigioso AmericanaFest en Nashville, Obed Padilla abre el segundo capítulo de su universo con «I DON’T GET HIGH ANYMORE». Si la primera entrega exploraba el duelo, esta segunda parte pone la mira en los siete pecados capitales experimentados dentro de una relación.

A través de guitarras acústicas relajadas, arreglos cálidos y una vibra que invita a bajar la ventanilla del auto en una tarde de verano, este nuevo sencillo esconde una reflexión profunda sobre cómo las personas pueden convertirse en una adicción más fuerte que cualquier sustancia. Platicamos con Obed Padilla sobre el síndrome de abstinencia que deja una ruptura, el reto de mirarse al espejo al componer y la belleza de abrazar todas sus raíces sin pedir permiso.

Antes que nada, felicidades por tu nuevo EP. Disfruté muchísimo escuchando “I Don’t Get High Anymore”, me parece una canción muy divertida. Anteriormente trabajaste con el concepto de las cinco etapas del duelo y ahora estás explorando los siete pecados capitales. ¿Cuál de los siete fue el más difícil de escribir porque sentías que te hacía quedar mal?

Diría que la lujuria, tal vez. Para este próximo EP, cada canción se correlaciona con uno de esos pecados: el ego, el orgullo, la lujuria y ese tipo de conceptos. Creo que la lujuria fue probablemente el más difícil porque es algo relacional, pero al mismo tiempo tiene que ver contigo mismo y con cómo se involucra el ego.

¿Cómo surgió “I Don’t Get High Anymore”? ¿Cuál es la historia detrás de esta canción?

Nació de una ruptura. Estaba en Nashville con Julian Bunetta, Nico Rubio y Mikky Ekko en un campamento de composición que duró como una semana. Después de horas de trabajo, empecé a tocar esos acordes y nos pusimos a cantar, a improvisar melodías, y de pronto salió la frase “I don’t get high anymore”. Pensé: “Guau, qué gran concepto”. Porque en realidad la canción no tiene nada que ver con colocarse con drogas, marihuana o cocaína; trata sobre cómo puedes volverte adicto a cualquier cosa. En este caso, era una persona con la que me estaba “colocando”, hasta llegar al punto de decir: “Ya no siento ese subidón”.

Lo entiendo totalmente. Creo que todos hemos pasado por esa etapa en la que conocemos a alguien que nos hace sentir tan felices que pensamos que todo va a estar bien, hasta que nos damos cuenta de que en realidad le está haciendo daño a nuestra autoestima.

Sí. Además, a nivel neurológico, el amor afecta exactamente a los mismos receptores cerebrales que si estuvieras tomando drogas. Cuando terminas con alguien o te separas, pasas por un verdadero síndrome de abstinencia; tu cerebro reacciona igual. Me interesaba mucho correlacionar esas dos cosas.

Es muy interesante porque hoy en día nos involucramos mucho en ese proceso de cómo superar a alguien, incluso buscándolo en internet. No sabemos cómo hacerlo, solo sabemos que no queremos volver a sentirnos así. ¿Sientes que tu proyecto va un poco por ahí?

Sí. De hecho, el EP Rodeo Clown trató sobre mí aceptando finalmente las cosas y enfrentándome a mí mismo, después de haber huido de lo que sentía durante todo un año. En diciembre las cosas por fin se calmaron y pude sentarme a solas conmigo. Fue terrible, pero maravilloso al mismo tiempo. Enfrentar la realidad, dejar de mentirte y aceptar las cosas como son es doloroso, pero también es hermoso, porque después piensas: «¿Por qué no hice esto desde el principio?».

Uno se olvida mucho de sí mismo cuando está en esa posición. Volviendo a “I Don’t Get High Anymore”, el título suena como una confesión pesada, pero la música suena a una tarde soleada. ¿Te gusta esconder temas densos dentro de sonidos ligeros?

Me encanta. Amo esa extraña yuxtaposición en la que la música es alegre, pero la letra es triste. A mí me fascina escuchar canciones tristes, pero cuando el ritmo es alegre, hay algo que te permite aceptarlo mejor. Te hace sentir que todo está bien y que puedes asimilar el golpe.

Te ayuda a ubicar tus sentimientos. ¿Alguna vez una canción tuya te ha hecho darte cuenta de que el «pecado» o la culpa no era tuya, sino de la otra persona, o viceversa?

Por supuesto. Siento que tengo un par de temas en este próximo EP que abordan ambas perspectivas, tratando de ponerme en los zapatos de la otra persona. Creo que gran parte de la composición se trata de eso: mezclar tus propias vivencias con las experiencias ajenas, absorberlo todo y ver qué sale de ahí.

¿Cuáles son tus inspiraciones musicales para este próximo EP?

Mucha música de los años 60 y 70, como Crosby, Stills, Nash & Young, y Santana —amo a Santana—. También John Mayer y Kendrick Lamar. Es una mezcla de todo un poco, pero definitivamente hay mucho country y mucho rock.

Podría sonar como una combinación extraña, pero tiene todo el sentido del mundo cuando conocemos tu historia. Siendo hijo de padres de México y Costa Rica, y habiendo crecido en Oceanside escuchando a The Beach Boys y J. Cole, ¿en qué momento dejó de sentirse como una mezcla rara y empezó a sentirse como tu identidad?

Supongo que siempre me sentí un poco diferente; no es que no fuera aceptado, pero solía estar mucho por mi cuenta y simplemente terminé abrazando eso: “Sí, esta es mi identidad, soy esto y soy aquello”. Especialmente al haber nacido en Estados Unidos con padres inmigrantes, vives con esa sensación constante de no ser lo suficientemente mexicano para los mexicanos, ni lo suficientemente estadounidense para los estadounidenses. De eso se trata ser chicano, de habitar ese extraño lugar intermedio. Pero ya lo acepté y estoy en paz con ello.

Y eso hace que tu propuesta sea tan especial. Hoy por la mañana escuchaba “Sabor” y me pareció increíble; es de esas canciones que te cambian el chip por completo cuando las descubres. ¿Cómo logras integrar todos estos sonidos en una sola pieza? ¿Cuál es tu proceso creativo?

Para mí es muy natural mezclar todo porque toco, produzco y escribo desde muy joven. Recientemente he estado haciendo cumbias con letras en inglés, porque me encanta la cumbia, y luego le meto arreglos de guitarra porque tengo la facilidad de tocarla. Como tengo la habilidad técnica para producirlo yo mismo, combinar todos esos mundos no se siente nada forzado.

Mencionabas que Santana es uno de tus grandes ídolos. Él también es de Jalisco, como tu mamá, y creció en Tijuana antes de mudarse a San Francisco. Teniendo a un papá que predicaba los domingos pero ponía discos de Santana en casa, ¿a qué sonaban los domingos en tu infancia? ¿Con qué te sientes más en deuda: con la iglesia o con Santana?

Diría que llevo un poco de ambos en mí, porque crecí tocando y cantando en la iglesia. Ahí nació mi amor por cantar y escuchar a la gente responderte cantando al unísono; se crea un sentido de comunidad único. Pero luego llegaba a casa y escuchaba todos estos discos increíbles, así que soy el resultado de esa mezcla… aunque confieso que amo a Santana un poquito más.

Si pudieras elegir una, ¿cuál es tu canción favorita de Santana?

Creo que “Samba Pa Ti”. Esa definitivamente podría ser mi favorita.

Como compositor y productor, ¿qué aprendiste creciendo en la iglesia y en tu vecindario que ningún productor de la industria podría haberte enseñado jamás? ¿Qué hay en tus raíces que llevas siempre a tu música?

Mudarme tanto cuando era niño y ver tantas culturas diferentes me ayudó muchísimo. Me volví una especie de camaleón; aprendí a adaptarme y a convivir con cualquier tipo de persona. Además, en Oceanside convergen mundos muy distintos en un solo lugar: samoanos, filipinos, afroamericanos, marines, pandilleros… Tener un círculo tan diverso de amigos y entender sus culturas e integrarme en ellas ha sido una bendición enorme por la que estoy muy agradecido.

Es un trasfondo sumamente valioso. En la situación actual que vivimos a nivel mundial, esa disposición a abrirnos a los demás es más necesaria que nunca.

Por supuesto. Creo que eso es lo que hace falta hoy en día: entender que todos crecimos de manera distinta, en hogares y con creencias diferentes, y que nadie posee la verdad absoluta. Cada quien tiene derecho a sus opiniones y hay una historia detrás de lo que creen; yo no voy a juzgar a nadie por sus convicciones. Al contrario, mantengo la mente abierta, incluso podrían convencerme de algo nuevo. No me gusta quedarme estancado en una sola idea.

Hablando de no estancarse, tu freestyle “Brown and Down” se volvió viral en 2023 y ha vuelto a despegar ahora. ¿Cómo se siente que tu trabajo más viral sea algo que hiciste casi sin pensarlo?

Es genial, pero también me da risa leer comentarios que dicen: “¡Sigue haciendo esto! ¿Dónde está el rap?”. La realidad es que siempre he hecho un poco de todo. Incluso si escuchas mis dos primeros álbumes, ahí estoy cantando, hay temas acústicos, es todo un universo. Qué bueno que la gente conecte con el freestyle, pero siento que todo el crecimiento que he tenido en mi carrera proviene exactamente del mismo lugar creativo. No siento que aquel fuera “Obed el rapero“; simplemente era yo siendo yo mismo, igual que lo soy ahora.

Pasaste de subir videos en redes sociales a captar la atención de GaryVee, tocar en el Austin City Limits y componer con Julian Bunetta y Mikky Ekko. ¿En qué momento te dijiste: “Vale, esto ya no es un experimento, a esto me dedico”?

Lo tuve claro desde muy temprano, incluso antes de que las cosas explotaran y de que productores famosos quisieran entrar al estudio conmigo. Siempre creí en mí, pero porque sentía que se me había otorgado un don. Nunca tuve ego al respecto porque me veo simplemente como un canal, como una vasija. No llegué hasta aquí yo solo; esto no se trata del “show de mí“. Mantener esa mentalidad desde el inicio fue clave.

Tocaste en el Oside Flavor en tu ciudad natal y también en el AmericanaFest en Nashville, que son públicos sumamente distintos. ¿Cuál te puso más nervioso y cuál te permitió ser más tú mismo?

Definitivamente estaba más nervioso en el AmericanaFest. La gente se toma el género americana y el country muy en serio, porque algunos de los mejores compositores de la historia salieron de ahí. Como yo aspiro a convertirme en uno de los grandes compositores, sentía la presión de hacerle justicia al género. Además, siendo mexicano y costarricense frente a un público predominantemente blanco, es inevitable pensar: “Espero que me acepten aquí“. No es que me hagan sentir mal, es algo interno que te pasa cuando te das cuenta de que eres la única persona morena en toda la sala.

Totalmente. Aunque, por otro lado, creo que hoy en día estamos en el momento ideal para romper esas barreras, mezclar géneros y apostar por la autenticidad. ¿Qué tan importante fue para ti defender esa libertad creativa frente a la industria?

Es fundamental para mí. Cuando “Brown and Down“ se hizo viral por primera vez, muchísimas disqueras se acercaron a ofrecerme contratos. Desde el primer día les dejé claro: “Oigan, qué bueno que les guste, pero esto no es todo lo que hago. Este video se hizo viral por casualidad y fue la puerta de entrada, pero si revisan mi catálogo verán que soy mucho más que esto“. Muchos querían firmarme solo para que rapeara, y aunque amo el rap y es parte de mí, no soy solo un rapero. Me niego a que me encasillen.

Pasando al escenario, ¿qué canción se transforma tanto cuando la tocas en vivo que ya casi no suena como la versión de estudio?

Creo que “Sabor“, y también “Cigarettes and Lipstick“. Esta última la tocamos en el AmericanaFest totalmente en vivo, sin pistas de respaldo, y tomó un aire muy americana que fue súper divertido de explorar.

Para ir cerrando: ¿qué pecado te falta todavía por cometer, aunque sea solo dentro de una canción?

No lo sé, creo que ya los he cometido todos. No estoy orgulloso de ello, pero siento que en mi música hay una especie de ajuste de cuentas y un intento genuino por ser mejor persona. Por eso hablo de esos temas, para mostrar lo dañinas que pueden ser ciertas conductas para uno mismo, por más bien que se sientan en el momento.

¿Y cómo te ayuda la composición a procesar todos esos errores?

Escribir es sumamente catártico. Te permite mirar hacia atrás y procesar tus fallos de una manera que no resulta tan brusca ni violenta contigo mismo. Hacer música es algo hermoso y profundamente terapéutico; van de la mano si estás dispuesto a abrirte.

¿Cómo manejas el hecho de exponer sentimientos tan vulnerables al componer y luego llevarlos al escenario sin quebrarte en el intento?

Creo que funciona así porque en mi vida cotidiana no suelo mostrarme muy vulnerable. Si tú y yo estuviéramos charlando como amigos o recién conocidos, normalmente yo pondría un pequeño muro. Pero cuando hago música y escribo canciones, ese muro desaparece por sí solo y me permite observarme desde afuera.

Eso sería todo por nuestra parte, Obed. Muchísimas gracias por tu tiempo. Tu música es increíble y da mucho gusto conocer a un artista chicano que abraza toda su historia y mezcla sus raíces sin negar ninguna parte de su identidad.

Me encanta escuchar eso, muchísimas gracias a ustedes. Tienen que venir a un show; cuando vaya a tocar a la Ciudad de México, tienen que estar ahí.

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