• Críticas
  • Álbum: “Getting Killed” de Geese [RESEÑA]

La banda estadounidense Geese vuelve a sorprender a todo el mundo con su tercer disco “Getting Killed”, estrenado en el 2025; si bien ya han pasado algunos meses desde su publicación, se ha convertido en uno de esos álbumes que causan una gran repercusión. La banda ya venía gozando de cierta relevancia y fanatismo con su excéntrico “3D country”, en el que juegan con el country alternativo y el rock experimental. Ahora la banda apuesta por mantenerse por el sendero del art rock, el indie y lo alternativo. Una joya imperdible que ha dado mucho de qué hablar tanto por su letra como por su incesante búsqueda experimental y sensible.

Este álbum apertura con “Trinidad”, una instrumentación propia de una banda sonora de película de acción y suspenso, y cómo no, pues, ¡entre su inicio calmado y el clímax reventado gracias al coro “there’s a bomb in my car!” deja indicios de la elocuencia, pero, sobre todo, del estilo divertido y alocado que tienen. Sigue “cobra”, cuya coloratura más orientada hacia lo veraniego y suave, logra transmitir con su apartado lírico cómo una persona puede conectarse a otra casi hipnotizándola como un amo a su cobra. Una metáfora bastante curiosa de los amantes donde uno puede excitar al otro casi como si usara encantamientos. Arreglos sencillos pintan a este tema como algo bello, y logra calar en lo nostálgico, como si estuvieras viendo una película de viaje de los dos mil como “Little Miss Sunshine”.

Por otro lado, ya avanzando está “Husbands” que tiene un ritmo con mucho más groove; empieza con ciertos sonidos que emulan el funcionamiento de un reloj antiguo para luego tornarse mucho más danzable, en general, esos pequeños arreglos y asomos de los instrumentos y de la voz para entrar en el momento preciso ayudan a que sea placentera la experiencia. Este tema ahonda en la relación entre fan y artista, sobre la soledad que rodea a cada uno y qué es lo que espera del otro. La dinámica entre las voces y los coros es relajante, rozando lo catártico; se siente que todo encaja en su lugar de una forma artesanal (como en las bandas de los 60 y 70). Por otro lado, “Getting killed” es caótico, es un canto a la energía y frescura juvenil donde, desde el principio, la batería revienta y tira al asador todo lo que tiene que ofrecer. Entre gritos y coros que se sobreponen a la voz que narra como el sufrimiento personal queda desplazado por una sensación de vergüenza o segundo plano respecto a otros porque se siente minúsculo. Todo lo evocado en este tema resulta fascinante, y se complementa bajo la idea de sentirse atribulado, arrinconado y sin salida. El “yo” está siendo aniquilado ante la presión constante del resto. Canción que destaca por su simpleza para explicar mucha de esta sensación moderna de quedar sepultado. Todo envuelto en un ritmo que recuerda a bandas como Led Zeppelin e incluso a Primal Scream en trabajos como “Screamadelica”.

Llegando al centro, “Islands of men” es un oasis (o una isla como bien se dice), ya que es imposible no dejarse llevar por el groove que emana desde el solo asomo tímido de las guitarras iniciales para luego ir creciendo orquestalmente. Este es uno de esos temas más hipnotizantes, casi psicotrópicos, que ofrece el álbum. La batería dibuja, y las guitarras colorean el espacio para luego darle paso a la voz que le da vida a esta canción. La influencia de Talking Heads se encuentra aquí. Esto es de lo más refinado que tiene para ofrecer Geese. La soberbia, pero también la delicadeza casi quirúrgica hace que no se agote en lo más mínimo; por el contrario, va creciendo y prolifera en todos los sentidos, hasta obligarte a seguir el ritmo. En “100 horses” hay un cambio de tono, se siente que el disco va mutando hasta encontrarse un poco más con un sonido que llega a generar nostalgia, en este caso el mensaje —entre honesto y crítico— es sobre la guerra y los engaños que se llegan a usar para volverte un participante más. El bajo obtiene mayor protagonismo aquí, acompañado de una guitarra blusera y rítmica. La melodía es monótona, pero el agregado de piano le da cierto toque de cantina o de historia antigua que se vuelve entrañable a cada escucha.

Half real” es una antesala o introducción para el siguiente tema, aun así, no deja de ser notoria su influencia por el country folk (melancólico en todas sus notas). Luego se da pase a uno de los momentos más sensibles del disco: “Au Pays du Cocaine”, como una bandeja de sabores y texturas, este tema en particular irradia una ternura especial, guarda una esperanza en sus tonos y letras cálidas que derriten cualquier sentimiento de pereza; en esas pequeñas súplicas que la canción lanza: “you can change and still choose me”, hay mucha de esa teatralidad y alusión narrativa (“like a sailor in a big green boat”). No es para menos, puesto que este tema nació tomando de referencia el mito de la edad media “La tierra de Cucaña”, un lugar de ensueño donde todos los placeres de la gula y pereza son satisfechos eternamente. Mucha de esta idea de la separación es una excusa para aflorar esos sentimientos de lejanía e incertidumbre del protagonista, para preguntarse por el que se ha ido y, sí, es que —aunque tuviera todo— lo seguiría eligiendo a él. A pesar de esta pesada referencia la canción no pierde simpleza y conserva su profundidad.  “Bow down” termina de cerrar esta especie de trilogía en el que se sigue referenciando al marinero y el viaje, existe una conversación extraña entre la fe, un creyente y la virgen María. Mientras un ritmo que se presta de la samba brasileña invita al baile. Una combinación extraña, al mismo tiempo que increíble.

Para este apartado final del álbum, este ya ha arrastrado al oyente, y a gran parte de sus recuerdos y melancolía, hacia una extraña isla llamada “Taxes” una canción intensa y progresiva, donde el clímax es el alboroto de todo el sufrimiento que vive el “yo” quien se siente la peor persona del mundo. Es curiosa la forma en cómo se divide esta canción (entre la suavidad y el completo éxtasis) luego de un breve corte notorio en la canción, esto resulta en algo bastante cinematográfico, y un detalle incluido a propósito en la canción. Puede ser quizá uno de los temas más fuertes de la banda, donde se explaya en su instrumental soltura, llena de ese desborde de locura y ansiedad. Existe sin duda un fin teatral, casi catártico y este es el tema más notorio de todos ellos. Pero para finales explosivos está “Long Island City Here I come” una bomba de tiempo marcada por el tic tac de la batería que, a medida que avanza, enloquece a la vez que todos los instrumentos lo hacen, lo mejor del blues, del art rock para finalizar este viaje. Por un momento la voz parece perder la conciencia mientras repite “Here I come” mientras todo estalla a su alrededor, hasta se puede hablar de una conexión con el primer tema, pero a forma de consecuencia. De esta manera Geese nos deleita con otro álbum lleno de expresiones del rock bastante curiosas, carismáticas y elocuentes.

Más Críticas

Utilizamos cookies para personalizar la experiencia de nuestros lectores.    Más información
Privacidad