Las mujeres de la nueva música irlandesa

Mucho más allá de los nombres que suelen concentrar la atención internacional, una nueva generación de artistas está redefiniendo la música irlandesa. Historias distintas, trayectorias propias y una misma voluntad de ampliar el mapa de una de las escenas más vibrantes de Europa.

Durante los últimos años, la música irlandesa ha estado atravesando uno de los momentos más fértiles de su historia reciente. Bandas emergentes comenzaron a ocupar los line-ups de festivales internacionales y toda una generación de artistas encontró nuevas formas de contar la Irlanda contemporánea a través de su música.

Sin embargo, cualquier intento de entender lo que ocurre hoy en la música irlandesa a través de unos pocos nombres deja fuera una parte importante de esa historia, y no porque falten referentes, sino porque no siempre estamos mirando en todas las direcciones.

Mientras la conversación internacional se concentró en algunos de los proyectos más visibles de la escena, otras artistas han estado construyendo propuestas igual de interesantes desde el rock, el punk, el shoegaze, el indie, la electrónica o incluso la reinterpretación de la música tradicional irlandesa. No se trata de una escena paralela ni de una respuesta a nadie; forman parte del mismo movimiento creativo que ha convertido a Irlanda en uno de los focos musicales más interesantes de Europa.

Gran parte de lo que define a esta generación —la autonomía artística, la construcción de comunidades, la relación directa con el contexto social y la voluntad de hacer las cosas en sus propios términos— puede verse con especial claridad en muchas de las artistas que hoy están ampliando los límites de lo que entendemos por música irlandesa; porque si la escena actual se ha convertido en lo que es hoy en día, es gracias a las historias que no siempre ocupan los titulares, pero que llevan años ayudando a construirla.

La autonomía como lenguaje: Dea Matrona

Si una de las características más visibles de la nueva música irlandesa es la búsqueda de independencia creativa, Dea Matrona es uno de sus ejemplos más claros.

Mollie McGinn y Orláith Forsythe se conocieron compitiendo en los Scór na nÓg — concursos de música tradicional irlandesa— y años después terminarían haciendo algo completamente distinto: tocando juntas en las calles de Belfast covers de Led Zeppelin, Fletwood Mac o The White Stripes. En una ciudad con una fuerte tradición de busking, ese fue el espacio donde empezaron a construir una audiencia y a desarrollar una identidad propia.

Esa idea de crecimiento gradual es lo que sigue definiendo cómo entienden a la banda, un proyecto descrito como slow-burn y construido lejos de la lógica de los éxitos instantáneos. Incluso So Damn Dangerous, una de las canciones que ayudó a consolidar su nombre, tardó casi dos años en superar los dos millones de reproducciones.

Cuando los grandes sellos comenzaron a mostrar interés, eligieron otro camino. Apostaron por AWAL, conservaron la propiedad de sus grabaciones y produjeron ellas mismas For Your Sins (2024), un debut que alcanzó el número uno del UK Independent Album Breakers Chart.

Su nuevo álbum, Hate That I Care, profundiza todavía más esa filosofía. Producido por la propia banda en una camioneta durante la gira, el disco encuentra a Dea Matrona en un sonido más oscuro y pesado, pero con la misma convicción que las acompañó desde aquellas primeras jornadas tocando en las calles de Belfast: hacer las cosas a su manera.

GUÍA DE ESCUCHA: So Damn Dangerous, Red Button, Stuck on You.

Punk como arquitectura: Sprints

Cuando Letter to Self apareció en enero de 2024, muchos lo señalaron inmediatamente como uno de los mejores debuts del año. El primer álbum de Sprints transformaba experiencias profundamente personales en algo colectivo; la ansiedad, los traumas familiares y la sensación constante de no encajar en las expectativas ajenas. Sin embargo, reducir a Karla Chubb a una compositora confesional sería quedarse corto.

Como vocalista y frontwoman, Chubb se ha convertido en una de las figuras más magnéticas de la música irlandesa contemporánea. Hay una sensación de urgencia en todo lo que hace, tanto en sus letras como sobre el escenario, donde combina la intensidad del punk con una capacidad poco común para generar conexión con el público. Esa energía también atraviesa la identidad de Sprints, una banda que entiende la música no solo como un espacio de expresión artística sino también como una forma de construir comunidad.

A lo largo de los últimos años, el grupo ha utilizado su plataforma para apoyar públicamente los derechos de las personas trans, pronunciarse sobre la situación en Gaza y defender la idea de que los conciertos pueden ser espacios seguros para quienes los habitan; esa filosofía forma parte de la experiencia de ver a Sprints en vivo tanto como las propias canciones.

Junto a Sam McCann, Jack Callan y Zac Stephenson, la banda se ha ganado la reputación de ser una de las propuestas más contundentes de Irlanda. All That Is Over (2025) confirmó que Letter to Self no había sido una casualidad y llevó a Sprints a escenarios cada vez más grandes.

Pero su historia también refleja algunas de las contradicciones que todavía atraviesan la industria musical. En 2024, Chubb fue agredida sexualmente durante un concierto en Belfast y la respuesta de la banda fue inmediata: denunciar públicamente lo ocurrido y recordar algo que debería ser evidente, que las artistas deberían poder actuar, interactuar con el público y ocupar un escenario sin miedo al acoso o a la violencia.

Quizás por eso sigue resonando la pregunta que la propia Chubb formuló en 2025: «Si yo fuera un hombre, ¿estaríamos tocando en salas más grandes? ¿Estaríamos vendiendo más discos?». No era una provocación, sino la reflexión de una artista que, además de liderar una de las bandas más celebradas de su generación, todavía tiene que señalar desigualdades que muchos prefieren no ver.

GUÍA DE ESCUCHA: Literary Mind, A Wreck (A Mess), Tmídi.

La Irlanda que vino después: Pillow Queens

La historia de Pillow Queens comenzó mucho antes de que el resto del mundo empezara a prestarles atención. Pamela Connolly y Cathy McGuinness se conocieron siendo adolescentes en Dublín y pasarían casi diez años antes de terminar formando una banda junto a Sarah Corcoran y Rachel Lyons.

Cuando In Waiting apareció en 2020, la crítica destacó algo que iba más allá de las guitarras o de los estribillos memorables; las canciones de Pillow Queens parecían capturar una sensación muy específica: la experiencia de crecer en una Irlanda que estaba cambiando a gran velocidad.

Durante décadas, la influencia de la iglesia católica definió buena parte de la vida social del país, pero los últimos años trajeron transformaciones profundas. La legalización del matrimonio igualitario, la derogación de la prohibición constitucional del aborto y una nueva generación dispuesta a cuestionar estructuras que durante mucho tiempo parecieron inamovibles terminaron modificando el paisaje cultural irlandés, y es justamente ese proceso que atraviesa gran parte de la música de Pillow Queens.

Sus canciones hablan de identidad, religión, amor, familia y pertenencia, aunque rara vez lo hacen desde la consigna o el manifiesto. Más bien funcionan como pequeñas historias sobre personas intentando encontrar su lugar dentro de un país que también está intentando redefinirse a sí mismo.

La banda ha sido reconocida por explorar la intersección entre la experiencia queer y la herencia católica irlandesa, dos fuerzas que durante mucho tiempo parecieron incompatibles. Sin embargo, lo que hace especial a Pillow Queens es la forma en que abordan esos temas, desde la experiencia cotidiana, con humor, vulnerabilidad y una honestidad que evita las respuestas fáciles.

En cierta forma, su discografía funciona como una fotografía de la Irlanda contemporánea, un país que dejó atrás muchas de las estructuras que definieron su pasado, pero que todavía sigue negociando qué hacer con todo lo que quedó después.

Quizás por eso sus conciertos se han convertido en puntos de encuentro para una generación que pocas veces se vio reflejada con tanta naturalidad sobre un escenario. No porque la banda pretenda hablar por nadie, sino porque muchas personas terminan reconociéndose en las historias que cuentan.

Escuchar a Pillow Queens es escuchar a una Irlanda que sigue cambiando frente a sus propios ojos, y pocas bandas han sabido retratar esa transformación con tanta sensibilidad como ellas.

GUÍA DE ESCUCHA: HowDoILook, Brothers and Sisters, Handsome Wife.

El futuro del trad irlandés: BIIRD

Si hay un proyecto que desafía muchas de las ideas preconcebidas sobre la música tradicional irlandesa, ese es BIIRD. Fundado en 2024 por Lisa Canny —música, cantante y siete veces campeona del All-Ireland en arpa y banjo— el colectivo reúne a once intérpretes provenientes de distintos rincones de la tradición irlandesa con una misión que va mucho más allá de preservar un repertorio: demostrar que el trad puede ser tan contemporáneo, ambicioso y culturalmente relevante como cualquier otro género.

La idea llevaba años rondando en la cabeza de Canny, quien creció entre festivales, sesiones y escuelas de verano de música tradicional, rodeada de intérpretes extraordinarias, pero también observando cómo la representación de las mujeres dentro del trad seguía respondiendo a modelos que parecían haberse quedado congelados en el tiempo. «Quería estar en una banda de chicas», recordó en una entrevista reciente. «Pero crecí en el oeste de Irlanda tocando el banjo y el arpa. ¿Cómo podía unir estos dos mundos?», la respuesta terminó convirtiéndose en BIIRD.

Entre sesiones de pub, festivales y encuentros informales, Canny comenzó a reunir a algunas de las músicas más talentosas de la escena tradicional contemporánea. Lo que surgió fue un colectivo de once integrantes que combina fiddles, arpas, concertinas, flautas, percusión, sintetizadores y voces en una propuesta que respeta la tradición sin tratarla como una pieza de museo porque BIIRD no parte de la idea de que la música tradicional necesita ser modernizada para resultar atractiva. 

Como explica la propia Canny, la música tradicional solo puede seguir siendo relevante si mantiene una relación viva con la cultura que la rodea, si Irlanda cambia, la música también cambia con ella. Esa filosofía parece haber encontrado eco rápidamente ya que en apenas un año, BIIRD pasó de ser una idea a tocar frente a diez mil personas en Trafalgar Square durante las celebraciones de San Patricio, llenar carpas en festivales como All Together Now, agotar conciertos propios y construir una audiencia internacional a través de videos virales que trasladan la energía de una sesión tradicional desde la esquina de un pub hasta las pantallas de todo el mundo.

Durante décadas, gran parte de la imagen internacional de la cultura irlandesa estuvo asociada a representaciones muy específicas de la tradición. BIIRD propone una alternativa, una tradición femenina, contemporánea, dinámica y profundamente conectada con el presente. Más que reinventar el trad, el colectivo parece estar ampliando las posibilidades de lo que puede llegar a ser, y en una escena que constantemente busca nuevas formas de contar Irlanda, eso también es una forma de futuro.

GUÍA DE ESCUCHA: The Rollover, The Love Buzz Set.

Reescribir el mapa: CMAT

A lo largo del tiempo, el country ha ocupado un lugar extraño dentro de la cultura popular irlandesa, ya que si bien era un género enormemente popular, no siempre aparecía en las conversaciones sobre la música contemporánea del país, y fue CMAT quien cambió eso.

Detrás del nombre se encuentra Ciara Mary-Alice Thompson, una artista capaz de combinar humor, vulnerabilidad y observación social con una naturalidad poco común. Desde su debut, If My Wife New I’d Be Dead (2022), quedó claro que su propuesta no consistía en reproducir fórmulas ya heredadas, sino en utilizar el lenguaje del country para hablar de la Irlanda actual.

Sus canciones abordan temas tan diversos como la crisis económica, la presión estética sobre las mujeres, las relaciones afectivas o la precariedad de la vida moderna. Lo hacen con ironía, pero también con una sensibilidad que evita convertir esas experiencias en simples chistes.

Euro-Country (2025) terminó de consolidar esa visión y la llevó al escenario Pyramid de Glastonbury y confirmó algo que ya parecía evidente: CMAT no estaba reinterpretando un género ajeno sino que estaba construyendo una versión propia.

En una escena que constantemente desafía las expectativas sobre lo que la música irlandesa puede sonar, CMAT demuestra que la identidad cultural no depende del género que se toca, sino de las historias que se cuentan.

GUÍA DE ESCUCHA: When A Good Man Cries, Take A Sexy Picture Of Me, Euro-Country.

Otras voces que amplían el mapa

La riqueza de la música irlandesa actual tampoco termina en los nombres anteriores. A medida que la escena sigue creciendo, nuevas artistas continúan encontrando formas distintas de habitarla, expandiendo todavía más los límites de lo que suele entenderse por «música irlandesa».

Desde Galway, NewDad se ha convertido en una de las bandas que mejor representa una experiencia cada vez más común para la juventud irlandesa: la necesidad de abandonar el lugar donde crecieron para perseguir oportunidades. Liderados por Julie Dawson, pasaron de ensayar juntos durante el secundario a compartir cartel con Pixies y presentarse en festivales internacionales. Si su álbum debut, Madra, capturaba la incertidumbre de una banda joven encontrando su identidad, Altar (2025) profundizó en otra experiencia profundamente irlandesa, la distancia, el desarraigo y las tensiones que aparecen cuando el crecimiento profesional obliga a dejar atrás el hogar.

Just Mustard, por otra parte, ha construido una de las propuestas más singulares de la escena contemporánea. Liderada por Katie Ball, la banda combina noise rock y shoegaze en canciones que parecen moverse constantemente entre la belleza y la incomodidad. Con Heart Under (2022), el grupo encontró una audiencia internacional sin renunciar a una identidad sonora que sigue siendo completamente propia, demostrando que la experimentación también ocupa un lugar central dentro de la nueva música irlandesa.

En una generación marcada por internet, Florence Road nos muestra otra forma de construir una carrera. Antes de firmar con Warner Records o agotar conciertos en Dublín, Lily Aron, Emma Brandon, Ailbhe Barry y Hannah Kelly eran cuatro amigas de Bray compartiendo canciones y covers en redes sociales. Su crecimiento refleja cómo las nuevas formas de descubrir música están transformando la relación entre artistas y audiencias, permitiendo que proyectos nacidos en espacios pequeños encuentren rápidamente una proyección mucho mayor.

La diversidad de la escena también puede medirse por los géneros que hoy forman parte de la conversación. Desde Dublín, Jazzy se convirtió en la primera mujer en más de una década en alcanzar el número uno del Irish Singles Chart y desde entonces ha llevado el house-pop irlandés a escenarios internacionales como Coachella. Su éxito amplía la idea de quiénes están proyectando la música irlandesa hacia el exterior y demuestra que la historia reciente de la escena no se escribe únicamente desde el rock o el indie.

Algo similar ocurre con Cliffords y M(h)aol, dos proyectos muy distintos entre sí pero unidos por una misma voluntad de desafiar expectativas. Desde Cork, Iona Lynch lidera Cliffords con una mezcla de ambición melódica y conciencia social que ya los ha convertido en una de las bandas emergentes más prometedoras del país. M(h)aol, por su parte, ha transformado el post-punk en una herramienta de confrontación directa, abordando temas como el sexismo, el consentimiento y las desigualdades estructurales con una intensidad que resulta imposible ignorar.

Ninguna de estas artistas ocupa el mismo espacio ni responde a las mismas influencias, y es ahí donde reside la verdadera riqueza de la música irlandesa contemporánea, en la cantidad de caminos distintos que conviven al mismo tiempo. 

Más allá de los titulares

La conversación sobre la música irlandesa suele concentrarse en unos pocos nombres, dejando fuera muchas otras historias que también ayudaron a construir este momento. Porque la escena que hoy llama la atención de festivales, medios especializados y públicos de todo el mundo no se sostiene únicamente sobre las bandas que ocupan las portadas; también existe gracias a artistas que llevan años construyendo comunidades, defendiendo su independencia creativa, reinterpretando tradiciones o encontrando nuevas maneras de hablar sobre identidad, pertenencia y cambio social.

La riqueza de la música irlandesa no está en un único sonido ni en una única historia, está en todo aquello que aparece cuando dejamos de mirar siempre hacia el mismo lugar. Y quizás esa sea la mejor forma de entender lo que ocurre hoy en Irlanda, no como una escena definida por unos pocos nombres, sino como un ecosistema creativo mucho más amplio, diverso y complejo de lo que suele verse desde afuera.

Porque los referentes nunca faltaron, lo que muchas veces faltó fue prestar atención. Y una vez que uno empieza a escuchar, descubre que algunas de las historias más interesantes de la música irlandesa contemporánea llevan años sonando, aunque no siempre hayan ocupado el centro de la conversación.

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