Matías Aguayo: “No necesitamos necesariamente pertenecer a un género específico para que la música pueda funcionar” [ENTREVISTA]

El productor y DJ chileno-alemán regresa con nueva música y una visión renovada de la pista de baile.

Durante más de dos décadas, Matías Aguayo ha sido una de las figuras más singulares y persistentes de la música electrónica internacional. Productor, DJ, cantante y agitador cultural chileno-alemán, su obra siempre ha desafiado las fronteras entre géneros, mezclando techno, ritmos latinoamericanos, pop experimental y una sensibilidad profundamente performática. Desde sus primeros años en la influyente escena de Colonia hasta la creación de su propio sello Cómeme, Aguayo ha construido una carrera marcada por la reinvención constante y una búsqueda abierta de nuevas formas de comunidad en la música de baile.

Lejos de la lógica más rígida de la electrónica de club, Aguayo ha apostado por un enfoque donde el cuerpo, el humor y la improvisación tienen un papel central. Sus sets —muchas veces cantados en vivo— rompen con la idea del DJ invisible detrás de la cabina y convierten la pista de baile en un espacio de interacción directa. Para él, la música no es un objeto cerrado ni un producto de laboratorio, sino un proceso colectivo que se transforma a medida que entra en contacto con el público.

Ese espíritu vuelve a aparecer en “Sentimientos Encontraos”, el primer adelanto de Anenoa, su próximo álbum, que se publicará el 29 de mayo. La canción, interpretada en español, condensa el lado más lúdico y físico de su propuesta: un ritmo inmediato, repetitivo y ligeramente caótico que invita a cantar y moverse casi sin darse cuenta. Es un primer vistazo a un disco que explora el baile como un gesto compartido y donde el lenguaje, la contradicción y la energía colectiva funcionan como motores creativos.

En los últimos años, además, la vida de Aguayo ha experimentado otro giro importante con su mudanza a Ciudad de México, una ciudad cuya intensidad cultural y diversidad musical han dejado una huella profunda en su trabajo reciente. Inmerso en nuevas escenas, fiestas y colaboraciones, el músico ha encontrado allí un terreno fértil para seguir expandiendo su visión de la música electrónica: menos como un género cerrado y más como un espacio abierto donde ritmo, comunidad y experimentación conviven sin jerarquías.

A continuación, conversamos con Matías Aguayo sobre el origen de “Sentimientos Encontraos”, su proceso creativo entre el estudio y la pista de baile, su relación con Latinoamérica y cómo entiende hoy el futuro de la música electrónica.

Empecemos hablando de tu nuevo sencillo “Sentimientos Encontraos”, que presentas como un adelanto de tu próximo álbum. Tiene una energía muy libre y festiva. ¿Cómo nació la canción y en qué momento del proceso del disco apareció?

Bueno, esta es una de las canciones iniciales del álbum, porque cuando estoy haciendo un álbum no me siento a pensar “voy a hacer un álbum”, sino que más bien voy viendo que estoy desarrollando algo y reconociendo, casi sin querer: “ah, mira, estoy en camino a un álbum”. Y esta canción fue en un momento donde reconocí eso, donde me di cuenta de que por ahí podía ir la cosa.

En particular, esta canción tiene mucho que ver con mis participaciones ayudando a un colectivo en Ciudad de México que se llama La Nueva Red de Bailadores, que hacen fiestas en el espacio público con el lema: libre de alcohol, libre de acoso, libre de competencia.

Son fiestas abiertas para todo el mundo, que son de día y muy, muy divertidas, y en las cuales no se anuncian, por ejemplo, los DJs, y donde suenan muchos distintos géneros musicales. La energía de esas fiestas me inspiró mucho para este ritmo tan arriba y tan festivo. Pero también refleja otras cosas; obviamente ahí se me van mezclando ideas. Yo siempre siento que es un poco una respuesta bailable a la ansiedad que estamos viviendo en estos tiempos, con todas las amenazas y retrocesos que están sucediendo, y también algo más íntimo sobre la situación en la que una persona se puede encontrar.

Fue muy divertido hacerla. Ahora, al lanzarla, me doy cuenta de que mucha gente me dice que se pudo identificar mucho con la canción. Eso me pareció muy divertido y bonito.

Pero sí, surge de esa energía festiva de esas fiestas en particular y también de otros procesos. Y al final, claro, tú hablabas de una cierta libertad musical, y obviamente eso es lo que estoy buscando siempre.

Para mí, el concepto de libertad —no como lo está usando la derecha— sino como libertad de expresión, de identidad, etcétera, es lo que a mí me mueve y lo que motiva mi música. También la idea de comunidad, de cuidar esa comunidad. Yo creo que en ese contexto comunitario surgen las inspiraciones más divertidas y profundas para crear algo nuevo y entrar en un diálogo creativo con la gente.

Hablando un poco más de esta canción, me parece interesante cómo combina el ritmo con la letra. Tiene una energía muy libre, muy bailable, y también un lado lúdico en lo que cuenta. ¿Cómo te sentís explorando ese punto entre la diversión, el caos y el baile dentro de la canción?

Es muy divertido. Obviamente yo siento que la música es una cosa muy transparente, en el sentido de que la pretensión en la música se escucha; escuchás todo en la música. Entonces, al sumergirme en la composición de esta canción, nuevamente me entrego a disfrutar y me entrego a esa libertad lo más posible.

También, por ejemplo, para mí un pie forzado es trabajar con la idea de la toma. Todo esto es una toma, o sea, ensayar la canción de manera de estar ahí y trabajarla así. No trabajé con efectos muy obvios, sino más bien con la idea de la toma perfecta. Y para eso me tengo que divertir, porque obviamente eso se escucha.

Entonces tengo un juego de palabras que a mí me fascina. Me fascina el lenguaje, obviamente, y el castellano sobre todo. He viajado por todo el mundo también con canciones en inglés y todo eso, pero mi enfoque desde hace mucho tiempo ha sido más hacia Latinoamérica. Entonces todos los distintos acentos —cómo algunos se saltan las eses, cómo otros hacen cierta melodía al hablar— han sido una influencia muy fuerte para mí a la hora de crear las letras.

A veces el sentido de la letra tiene que ceder a lo que para mí suena musicalmente más bonito. Si la cadencia de ciertas palabras pronunciadas en castellano me funciona mejor de cierta manera, no la voy a reemplazar con algo que quizás tenga un significado más obvio, porque me gusta esa idea de la voz como instrumento.

Entonces, obviamente, el sentimiento de encontrar la voz es muy juguetón. Y es muy raro cantar esta canción, porque estoy como desafinando todo el tiempo, a propósito. Es como que la voz se va cayendo y manteniéndose, y mantener esa energía y respiración es casi una cosa meditativa. Es casi un deporte cantar esa canción.

Es muy divertido. Y obviamente siento que, al grabar así, uno capta algo más de vida que si me pongo a editar como loco y a mejorar cosas.

Me llama mucho la atención tu proceso de composición. ¿Qué tanto pensás en la respuesta del público o en esa experiencia colectiva cuando estás creando una canción, especialmente en algo tan bailable como este tema?

Claro, no es un proceso tan consciente como tú lo estás diciendo. No es como que yo me siente a ver cómo va a ser esto, sino que es más bien un diálogo que está sucediendo por el hecho de que ando tocando mucho.

Es decir, cuando estoy tocando en fiestas y siento que hay una necesidad rítmica, noto cosas como: esta canción le gustó mucho a la gente y esta otra también, pero no hay nada entremedio. Entonces pienso: a ver si hago algo yo que pueda unir estas dos cosas. Son cosas muy concretas, porque obviamente es algo muy físico: es música de baile.

Entonces los elementos se relacionan con distintas partes del cuerpo, y eso lo veo mucho tocando. Para mí, por ejemplo, tocar canciones que todavía no están terminadas y darles su definición en vivo me ayuda mucho. Yo toco cosas que no están listas y el público me inspira: en esta parte voy a cantar más, esta otra la voy a dejar más solita, quizás a esta canción todavía le falta una parte B.

Son cosas que, en el momento de ejecutar la canción en una pista de baile, noto muchísimo más que si las estoy pensando en mi estudio sin haberlas tocado jamás delante de un público.

Entonces sí, es algo que considero mucho, pero trato de hacer de esa consideración un proceso divertido.

Justamente a partir de eso que mencionas, de probar canciones en vivo y dejar que el público también influya en el proceso, ¿cómo vivís esa diferencia entre el estudio y el escenario o la pista de baile en términos de disfrute?

Buena pregunta. Como que las dos cosas son importantes; son muy contradictorias, pero crean un balance. Porque, claro, en el estudio puedo estar sumergiéndome horas y crear mi propio mundo. Sí, es un balance, porque ese mundo solo no puede existir.

Para mí no me atrae tanto la idea de esa soledad constante de un poeta, digamos, estar escribiendo ahí todo el tiempo. Para mí tiene que entrar en diálogo, y eso sucede también en el estudio. Si bien estoy muchas horas trabajando solo, siempre invito a amistades mías: “A ver, ¿tienes ganas de escuchar?”. Y entonces uno escucha y, ya con más gente presente, se siente una vibra, incluso si no dicen mucho.

Y también, obviamente, invitar a gente a colaborar hace que la música empiece a hablar más y se empiece a abrir. En Sentimientos Encontrados está tocando el bajo y el órgano Rafael Cohen, que es de la banda Chk Chk Chk, y él me ha ayudado con muchos arreglos en el disco. Particularmente me ayudó a encontrarle una estructura a la canción.

También trabajé mucho con este percusionista, que está en muchas canciones, y en Sentimientos Encontrados también: es un chico que se llama Alex Lázaro y que acompaña mucho a Lucrecia Dalt durante sus shows. Con ella también he trabajado.

Digamos que ahí se armó algo que fue esencial para el disco. Él participa de forma sutil, pero muy presente a la vez, y eso me gustó. Y eso, como la participatividad en el disco, me parece muy importante para que haya podido suceder como sucedió.

Claro, entonces, en las dos dimensiones donde un artista suele trabajar —el estudio y el vivo—, para vos siempre es importante que la experiencia sea colectiva más que individual.

Sí, sí. Necesitas el diálogo.

Te cambio un poco de tema. En los últimos años te instalaste en México. ¿Cómo viviste ese cambio y de qué manera el entorno cultural y musical del país ha influido en tu proceso creativo y en tu relación con la música de baile?

Sí, es un cambio de locación, pero también fue un cambio mundial, ¿no? Porque yo me fui a México, y es algo que más bien se dio, que no estaba muy planificado, justo al inicio de la pandemia. Y el mundo ha cambiado mucho en los últimos años. Entonces es una pregunta un poco compleja: dónde empieza ese cambio y cómo uno sale de ese cambio.

La pandemia la pasé por allá y, después, el mundo cambió por todas partes. Para nosotros, los músicos, en la post pandemia se trataba un poco de recuperar o rescatar nuestras carreras, nuestro trabajo, de un ámbito que de repente se vio muy afectado, muy precarizado, y también bajo el ataque de algo mucho más corporativo, de una corporativización del medio, digamos, mucho más ansiosa también en sus procesos.

Entonces es difícil responder eso a un nivel local cuando está pasando algo global. Pero, particularmente, México creo que me ha ayudado mucho a seguir con ese proceso de liberación e inspiración musical, porque Ciudad de México es uno de los centros culturales más importantes del mundo, y siempre están sucediendo cosas muy originales.

Yo me fui a vivir a Ciudad de México y profundicé, por ejemplo, a través de esas fiestas que te mencioné, en contactar con la escena local, desde lo más efectivo cumbiambero hasta lo más experimental, porque está todo pasando ahí.

Y también te cambia el enfoque. Si bien yo nunca fui muy eurocéntrico en mis expectativas musicales o en mi direccionamiento, este disco lo siento muy para Latinoamérica y muy enfocado en el diálogo que hemos logrado armar con gente, sobre todo en México, pero también en el resto de América Latina.

A lo largo de tu carrera has tocado en clubes y festivales en distintas partes del mundo. ¿Cómo describirías tu relación con Latinoamérica, y en especial con Sudamérica? ¿Qué recuerdos te han quedado de tus presentaciones en la región, quizá en Perú u otros lugares?

Bueno, es difícil generalizarlo, porque, claro, como sabrás bien, dentro de una misma ciudad hay cosas muy distintas. Puedes estar tocando en contextos muy diferentes.

Pero yo he sentido mucha gratitud a través de la lealtad del público que he podido desarrollar acá y con el que he estado en diálogo ya desde hace tanto tiempo. Siento que, ya sea en Colombia, Perú, Chile o México, logro establecer una conexión especial con el público, un no sé qué que trasciende en el tiempo de una manera muy única.

Eso me permite ir a tocar a lugares como Cuenca, en Ecuador, o Santa Fe, en Argentina, y saber que va a haber un público esperándome ahí, que se puede identificar de cierta manera con un acercamiento bastante libre a la música.

Y si yo puedo aportar a la vida musical o a la escena musical algo así —digamos, una libertad de creación— entonces con eso ya estoy contento. Siento que eso es algo que también me gustaría lograr con el disco: inspirar esa libertad.

Es decir, no necesitamos necesariamente pertenecer a un género específico para que la música pueda funcionar.

Después de todos estos años y de los distintos proyectos en los que has estado —desde tu trabajo con Closer Music hasta llevar adelante tu propio sello—, ¿sentís que tu manera de entender la música electrónica ha cambiado con el tiempo?

Sí, bueno, cambia en todo momento. Yo creo que el tema de la música electrónica también abre una pregunta: ¿es realmente un género la música electrónica o qué es? Porque al final es solo una forma de trabajar con máquinas, con una computadora o con distintas herramientas.

Pero siento que, en lo que comúnmente se interpreta como música electrónica, se ha perdido mucho comunitarismo y mucha libertad. Veo mucho miedo al crear, miedo a quizás no ser reconocido o a no encajar en las expectativas de ciertos subgéneros. Y siento que se ha creado una sociedad de músicos muy disciplinarios y obedientes, que están operando bajo el miedo o la autoridad de algo que además es muy enigmático: el algoritmo. Nadie sabe realmente qué es eso.

Entonces siento que, en muchos casos, la libertad de la música electrónica está bastante amenazada. Yo hablo mucho de eso, porque creo que es algo que está pasando.

Mi disco, obviamente, se mueve de cierta manera como un disco electrónico, pero tampoco lo percibo cien por ciento electrónico. No sólo porque también hay varios instrumentos, sino porque siento que no está pensado necesariamente para vivir dentro de esa biosfera de lo que uno define como música electrónica. En realidad, me da un poco lo mismo.

Es música bailable. Y lo que a mí me gusta rescatar, si hablamos de música electrónica, es más bien la fiesta, la pista de baile y la idea de comunidad. Porque la pista de baile, cuando está bien hecha, no es algo evasivo: es algo que te llena de mucha energía.

A mí me preguntan muchas veces: “¿No te cansa estar viajando tanto y tocar tanto?”. Obviamente cansa, pero al mismo tiempo te da mucha energía, te regenera. Y es una energía que necesitamos para resistir, por ejemplo, en tiempos donde vemos el regreso del fascismo en tantos lugares.

Por eso creo que es esencial ese espacio que se crea alrededor del sound system, el baile, la relación de la música con el cuerpo y el amor por los procesos musicales, que funcionan de una manera muy distinta —y muy lejana— a la forma en que entienden el mundo los tech bros misóginos, etcétera.

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