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El nuevo sonido de Geordie Greep enloqueció Lima [CRÓNICA]
Entre saltos, solos incendiarios e improvisaciones de otro planeta, Geordie Greep regaló a Lima una noche inolvidable que confirmó por qué su “nuevo sonido” ya es de culto.
Foto: Cielo Velapatiño
Por: Italo Calle
Publicado el: 24/11/2025
Como buen peruano, la frustración de no poder ver a tu artista internacional favorito es (o fue) un común denominador en las personas que ansiamos verlos en vivo. Sumemos el hecho de que muchas de esas bandas o artistas se desintegran sin previo aviso, ya sea por extensos hiatus o broncas internas entre los miembros de grupo. Sea cual fuere el motivo, en agosto del 2024 experimentamos toda esa pena y resignación los fans de black midi, la punta de lanza del nuevo rock británico de fines de los 2010, luego de que anunciaran su separación de manera rocambolesca entre lives de Instagram y tweets. Tan cerca y, a la vez, tan lejos estuvimos de sus últimas presentaciones como conjunto en festivales de Argentina y Brasil, y de una presentación final en el Blondie de Santiago de Chile en diciembre de 2023…
Luego del luto, Geordie Greep volvió a la carga, ahora como solista y con un arsenal de material nuevo sumamente ecléctico. “The New Sound” se lanzó en octubre del año pasado y logró posicionarse como uno de los mejores álbumes del año entre la crítica musical y las redes sociales especializadas. Su fusión de rock progresivo con elementos de música popular brasileña, salsa y pasajes de jazz lo erigieron de vuelta como la cara joven del rock experimental y alternativo. Con esta gran valoración de su música comenzó su gira por Reino Unido y luego pasó a Estados Unidos. Naturalmente surgió en los fans peruanos la duda: ¿Algún día lo podremos ver aquí, en el Perú?

En junio, el mismísimo Greep anunció su gira latinoamericana en sus redes sociales. Decepción y resignación: Perú no estaba en lista. No había sorpresa, pero sí mucha pena. Fue irónico que este “nuevo sonido” no llegase a nuestro país, algo que ocurría habitualmente al no haber un mercado competente para lo vigente y vanguardista que se hace en otros países. Sin embargo, no todo es absoluto, y nuestra apertura musical, si bien es lenta, es sostenida. Por eso, apareció la empresa que arriesgó y apostó por este nuevo sonido. Veltrac, a mediados de septiembre y entre la polémica de su lineup del VMF anuncia sin aviso previo a Geordie Greep en Lima (16 de noviembre en el Centro de Convenciones Leguía). La frase “este artista nunca vendrá a Perú” fue destruida, y ya era hora.

Ha pasado exactamente 1 semana y un día desde el día del concierto y hasta ahora resulta imposible encapsular lo experimentado en un texto. Un día tan atípico, tan extraordinario y peculiar plantea sensaciones, principalmente. Y este fue un ambiente muy especial porque compartió espacio con otro evento de gran importancia, pero de otro tipo: una de las multitudinarias fechas de Shakira en el Estadio Nacional. Mientras la previa de este último show tuvo influencers, canciones sobre amor/odio a Piqué y pelucas moradas, en el de Greep destacaron los ternos, los cigarros y la salsa. ¿Salsa en un concierto de prog? Esa fue una de las gratas sorpresas de la noche. Desde que se abrieron las puertas a las 6 p. m. se pudo disfrutar una playlist exquisita en donde la salsa jugó un rol central. Se pudieron escuchar los grandes éxitos de la Fania, comandados por Willie Colón y Hector Lavoe. Pero eso no fue todo: la evolución musical de la curaduría preconcierto fue exquisita, llegando a incluir la bossa nova de Ivan Lins, el jazz funky de Masayoshi Takanaka, la indietrónica de Stereolab e inclusive el rock experimental de los amigos personales de Geordie, Black Country New Road.

Conforme pasaba el tiempo, el Teatro Leguía continuó llenándose. Se podía percibir cierta uniformidad y cercanía en el público, como si todos fuéramos amigos virtualmente conectados por la música. Éramos los nerds musicales que por fin podíamos juntarnos bajo un mismo slogan: “I’m a Greep, i’m a weirdo”. Esta euforia y unión fue acrecentándose al acercarnos a las 8 p. m. Los cánticos se hicieron presentes reclamando el fin de la ansiedad por verlo. Curiosamente, Geordie no salió puntual al escenario. Desconozco el motivo, pero me sorprendió su demora. Como tiene esta imagen de gentleman inglés meticuloso y preciso me descolocó que no se cumpliera el tiempo. De todas formas esto no lo veo como algo criticable, ya que motivos hay de sobra para tolerar una breve tardanza suya. Quizá lo más confuso no fue la demora, sino la manera de generar expectativa a su salida. Luego de 15 minutos de las 8 se activó en las pantallas del escenario una especie de contador. La gente se descontroló pensando que era una cuenta regresiva. Una presentación dramática y grandilocuente con gran expectativa. Pero no fue así: era la hora. Una pantalla que marcaba el tiempo no solo de Lima, sino también la de otras ciudades importantes del globo. Luego de esta especie de trolleo sonó el tema principal de la película The Long Good Friday, las luces se hicieron tenues y el escenario se tornó rojo. Pasadas las 8:21 p. m. aparecieron en escenario Geordie Greep y sus músicos. La locura había comenzado.
El inicio fue un big bang, y fue caliente. Los intérpretes entraron y saludaron a la gente brevemente. Geordie hizo un gesto puntual de saludo con el puño, típico de su carácter serio. Con una escueta sonrisa en su rostro tomó el micro y dio la orden para iniciar el show. El público, convertido en una incesante marea, comenzó a saltar al ritmo de la guitarra bluesera de Walk Up. La canción no tiene un ritmo frenético, salvo en los coros y el final, pero eso no fue impedimento para que saltásemos y cantáramos a todo pulmón. Era imposible no sonreír viendo a un virtuoso acompañado de músicos perfectos. El público, con ese empuje propio de la adrenalina, creó la unidad necesaria para ser parte de un todo y dejar de lado la individualidad. El sonido, potente y bien nivelado, marcó la pauta de una gran sinergia entre artista y público.
Al comenzar la segunda canción de la noche, Terra, Geordie se mantuvo solo en su rol de cantante. En este punto se lograron notar 2 cosas luego de la euforia inicial: Mr. Greep no solo es un genio experimental, sino también un crooner elegante; y la banda que tenía en escena era de escándalo. Eran 5 músicos en escena demostrando que se puede combinar el rock británico con la bossa nova de manera excepcional. Luego de finalizar la canción en su versión “de estudio”, Geordie por fin tomó su gran Gibson Super 400 y añadió un solo bestial en una especie de coda a la canción. Lo siguieron solos en teclado, percusión y batería que hicieron enardecer al público. Una locura.
The New Sound, la canción que le da nombre al álbum, fue una experiencia religiosa. Nunca había vivido (y no sé si vuelva a vivir algo así otra vez) el rock progresivo y el jazz en vivo de esta manera. Un virtuoso, en esencia, es un humano que logra sobresalir en un campo de manera notoria, muy por encima de la media. Bueno, en este concierto tuvimos 6 virtuosos en vivo. Esa comunicación no verbal mediante la música que se dio entre los integrantes fue única. Presenciarla fue increíble. The New Sound, por su carácter instrumental, fue el vehículo propicio para que dieran rienda suelta a la mayor creatividad e improvisación posible por segundo.
En este punto, quiero destacar a las personas detrás de esta genialidad. Filipe Coimbra estuvo a cargo de la guitarra rítmica, Vitor Cabral a cargo de la batería, la percusión la tocó Daniel Conceição, en el bajo estuvo Fábio Sá y el tecladista fue Chicão Montorfano. Todos ellos músicos brasileños. Lo más alucinante de este dato es que este ensamble fue hecho únicamente para la gira latinoamericana. Previamente no han tocado juntos como banda, lo que quiere decir que el sonido único que crearon fue luego de ensayar poco tiempo antes de una gira que se daría durante solo un mes. Al verlos improvisando en el escenario uno pensaría que se conocen de toda la vida y que esa interacción es fruto del conocimiento mutuo, pero no. Esa es la magia que crean como músicos. Diálogo y entendimiento musical en vivo.

La cuarta canción de la noche fue Through A War, un tema que desde su base requiere de instrumentos de viento, pero que en esta ocasión fueron la gran ausencia en este esquema; sin embargo, no puedo mentir al decir que las extrañé. Sin desmerecer su aporte en la versión de estudio, este formato —con la guitarra cubriendo la sección compartida con vientos— quedó impecable. Además, los aplausos definitivamente se los llevaron la sección rítmica. Esa compenetración entre el baterista y el percusionista fue buenísima. Le dan una fuerza a la canción precisa para que la gente no baje la intensidad. Y, justamente, intensidad es lo que menos faltó. Como público no dejamos de saltar y corear todo lo que pudimos. Tuvimos que aflojarnos la corbata para refrescarnos por lo menos un poco (y recién íbamos media hora de concierto).
Siguió luego una improvisación de blues que Geordie inició de manera muy sutil. Lo que comenzó como un riff bastante sencillo fue acompañado por un bajo y una segunda guitarra que le siguieron el paso. Ese fue uno de los distintivos de la noche: la capacidad de crear arte a través de la empatía musical. Inclusive fue notable ese intercambio de solos entre los dos guitarristas porque permitió mostrar la versatilidad de géneros que tienen los intérpretes. Ese blues propio del sur estadounidense no es habitual en lo que uno se imagina de la música de Geordie Greep. Verlo fuera de su zona de confort fue muy interesante.

Lo que siguió después fue otro paso más hacia la histeria: Blues. Esta vez no el género, sino la trastornada y apabullante canción de Geordie que nos hizo saltar y empujarnos a todos lados. El público ha sido, probablemente, uno de los más enérgicos que he podido presenciar (aunque no sea de alguna variante de metal). Gran empuje, gran compromiso con el artista y su música; un público que, además, supo escuchar y adecuarse a los requerimientos del momento. A mitad de la canción, cuando Geordie entra en esta especie de monólogo interno muy creepy que plantea la narrativa de la canción, el público bajó su volumen a pedido de Geordie. El motivo: crear esta ambientación enrarecida que luego explote con el solo final de guitarra. Escuchar y generar momentum fue un gran acierto como relación artista-público.
Cuando comenzó el riff introductorio de Holy Holy perdimos el control, de nuevo. Desde la etapa promocional del álbum, este sencillo cayó como anillo al dedo a los que buscaban un sonido distinto al de black midi, pero que mantuviera ese toque retorcido propio de Greep. Fue la canción por la que la gran mayoría comenzó a estar expectante del nuevo material del inglés. Y esa energía se notó durante la canción. Fue la más coreada, la más saltada y disfrutada del setlist. Comencé la canción estando a la derecha del escenario. Alrededor de la mitad de la canción estuve por el centro, y al finalizar volví a estar más cercano a la derecha. El movimiento humano, si bien fue implacable, no se sintió brusco ni incómodo. Fuimos una gran masa humana rítmica. Así como hicieron variaciones en cada canción, esta también presentó una sección intermedia casi a capella en donde Geordie se puso a realizar gritos que, combinado con los coros graves del “holy, holy”, dio una sensación tribal sumamente apasionante. El tramo final transcurrió de los versos hipnóticos de Geordie a una improvisación extensa que funcionó como un estímulo psicodélico adictivo. Si la canción hubiera seguido para siempre, todos hubiéramos seguido sonriendo.
Pero como esto fue un baile interminable de brillantez musical, las improvisaciones no terminaron ahí. Previo a comenzar Bongo Season, los 6 virtuosos comenzaron a conversar a través de sus instrumentos. Destaco la capacidad de cada uno de ellos de tomar decisiones inmediatas para mejorar el sonido de la música. En situaciones como estas, en donde el intérprete no solo tiene que tocar su instrumento en la escala correcta con gran destreza, sino también prever cambios súbitos que puedan hacer sus compañeros, los errores e incongruencias son habituales, más aún cuando no son músicos que han compartido lo suficiente el escenario; sin embargo, ante alguna situación que podía resultar disonante, la capacidad de mejora y arreglo de todos ellos generó un ambiente musical honesto, bastante calculado a pesar de su dificultad. No he podido ver cómo es la interpretación de esta canción con su gira europea o norteamericana, pero definitivamente es sumamente rico escuchar una canción con elementos de samba tocada por un conjunto brasileño. Además, siendo completamente sincero, Bongo Season es la canción que menos me entusiasmaba del álbum —no porque sea mala, es una gran canción— a mi parecer, es de las que menos destacaba en el disco. Aún así, esta versión en vivo la eleva a niveles impensados. Ese solo de batería y percusión bastante groovy y sambero que hicieron antes del final fue de aplaudir de pie sin parar. La conexión con el público fue magistral. Liberación de dopamina instantánea satisfactoria.

A partir de acá entramos a un momento digno de convertirse en core memory personal. Las dos canciones finales duraron 40 minutos. La primera de ellas, As If Waltz, una favorita personal, fue un viaje a lo siniestro y dulce. Ese lado romántico, cálido, melancólico y brutalmente humano de la canción fue desplegado a todo el público sin ningún miramiento. De pronto éramos un mar de brazos alzados en movimiento pendulante de un lado a otro, siendo guiados por el entrañable y clásico coro que dice “Ooh, Ooh”. Geordie, por el trajín de la gira y los cambios de temperatura, sintió la voz resentida por momentos. Fueron esos pequeños momentos en donde se vislumbra la humanidad de un sujeto de excelsa ejecución. ¿Alguien sintió algún problema con ello? Para nada. Fue sonreído por todos, pues, ante ese nivel de show todo puede ser perdonado en el instante. La canción en sí, que cuenta la perspectiva de un incel enamorado de una prostituta, logró transmitir esa duda desgarradora, esa indecisión de expresar el sentimiento o dejarlo morir dentro de uno. El solo final canalizó esa emoción; por momentos luminoso, por instantes doloroso. Una completa obra de arte en vivo. La recordaré para siempre.
Previo al final, Geordie Greep, con 26 años encima, realizó un solo de guitarra íntimo, entrañable, único, que solo uno podría esperar de un veterano guitarrista de los años cincuenta. Se pudo sentir esa sensibilidad del jazz que hacía, por ejemplo, Les Paul. El teatro, silencioso y expectante, dejó por un momento en soledad a Geordie. Con delicadeza y soltura tocó esa breve improvisación en la que vimos al joven inglés en la oscuridad: solo él, su guitarra y su pasión. Esa conexión in situ con un artista son tesoros que uno siempre guarda en la memoria.
The Magician duró más de 20 minutos. Y qué cierre que fue. El manejo del setlist fue quirúrgicamente formulado para que tengamos este cierre. Este clímax emocional de tristeza y catarsis. La canción es la más expresiva y vulnerable del álbum. La derrota, la amarga ternura del recuerdo condensada en una pieza; todo ello amparado en un núcleo de inseguridades, decepciones y derrotas personales. Es una canción profundamente humana, a pesar del trasfondo crítico e irónico que maneja el álbum. Muchas veces, cuando vamos a un concierto queremos escuchar una versión exactamente fiel a la del disco, y si no cumple esa similitud lo consideramos como un fracaso. En este caso, la diferencia con la versión de estudio fue virtud. No porque la del álbum no fuera suficiente, sino porque una canción que evoca un nudo en la garganta y el posterior llanto solo podría haber sido ejecutada de una manera más honesta al dar más tiempo, más pausa para sentir. Y esto nos lleva a la sección solista que dio Chicão Montorfano en el piano a mitad de la canción. Silencio espectral. Dejamos de ser comunicadores, abogados, diseñadores, ingenieros, etc., para ser humanos llenos de emoción. Mirar petrificado al pianista y ver cómo los sonidos que ejecutaba me movían emocionalmente a lugares en los que nunca estuve y a situaciones que nunca viví; el poder de la música en su máxima potencia. Lo único humanamente posible fue llorar y sonreír. Al comenzar el nuevo verso, el público era otro. Pasamos de la histeria y el baile a la demoledora emoción de estar ante algo inexplicable y bello. El solo posterior fue de película, y de una buenísima. El nivel de satisfacción por la montaña rusa de emociones fue increíble. Creo que ha sido la primera vez que veo que una banda termina de tocar y no piden otra canción, sino que directamente lanzan vítores al artista al son del clásico “olé, olé, olé, olé, Geordie, Geordie”. Un concierto perfecto. Completamente inolvidable.
Me he sentido como si fuera un chiquillo en los sesenta que ve en vivo a Frank Zappa. Ese despliegue de locura, precisión y virtuosismo fue algo único, sin dejar de lado el profundo componente emocional de la obra. He tenido la suerte de ver a más de 80 artistas en vivo —entre peruanos e internacionales— en conciertos propios y festivales, y este de Geordie Greep definitivamente entra en mi top 5. Por lo menos en mi top 10. La ejecución, el canto, el setlist, el público, el ambiente…, todo estuvo superlativo; y creo que tanto los artistas como los que vimos desde el campo y la platea salimos felices del Leguía. Pocos conciertos como estos podremos ver en vida, y los que pudimos hacerlo nunca podremos dejar de recordarlo y sonreír.
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